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LOS NO-MUERTOS

LOS NO-MUERTOS

Hay una idea que aparece una y otra vez en las historias humanas: la muerte debería ser definitiva. Un cuerpo abandona el mundo de los vivos, recibe los ritos correspondientes y comienza aquello que cada cultura interpreta de una manera diferente como el destino final. Pero ¿qué ocurre cuando el muerto no acepta las reglas de la muerte? ¿Qué ocurre cuando alguien es enterrado y, contra toda lógica, regresa? Mucho antes de que el cine nos mostrara zombis, vampiros y ejércitos de cadáveres, Europa ya hablaba de los no-muertos. No eran necesariamente vampiros. Eran cadáveres que, según las creencias populares, podían abandonar sus tumbas, regresar a sus casas, llamar a las puertas, enfermar a los vivos o llevar la desgracia allí donde aparecían. Y detrás de esas historias había algo mucho más profundo que el simple miedo a un cadáver: estaba el temor a que la frontera entre la vida y la muerte pudiera romperse.

Durante la Edad Media, los relatos sobre muertos que regresaban aparecen en textos de autores que pretendían registrar hechos extraordinarios. Uno de los casos más conocidos se encuentra en la Historia rerum Anglicarum, escrita a finales del siglo XII. Allí aparecen varias historias de revenants, muertos que regresan después del entierro. En una de ellas, un cadáver vuelve durante la noche y provoca terror entre sus vecinos. En otra, un muerto abandona su tumba y su presencia es asociada con una enfermedad que se extiende por la comunidad. El detalle más inquietante es que aquellos relatos no describen necesariamente criaturas elegantes o sobrenaturales como las que después construiría la literatura gótica.

Los cadáveres medievales podían aparecer hinchados, descompuestos, cubiertos de sangre o acompañados por un olor pestilente. El miedo estaba relacionado con algo muy concreto: la enfermedad. El muerto que regresaba podía convertirse, simbólicamente, en la enfermedad que regresaba una y otra vez para golpear a los vivos. Por eso los rituales funerarios tenían una importancia enorme. Enterrar correctamente a una persona no era solamente despedirla. También significaba garantizar que el muerto permaneciera muerto y que su tránsito hacia el otro mundo no perturbara a la comunidad. En distintas tradiciones europeas encontramos prácticas destinadas a impedir que determinados cadáveres regresaran: estacas, decapitación, mutilación, quema del cuerpo o incluso objetos colocados sobre el cadáver. Y aquí aparece una transformación fascinante.

Con el paso del tiempo, el no-muerto medieval comenzó a mezclarse con otras criaturas y tradiciones. En Europa oriental surgieron relatos sobre seres como los vrykolakas, los moroi y los strigoi. En los territorios germánicos encontramos historias de muertos asociados a las epidemias y al hambre de los cadáveres. En las tradiciones nórdicas aparecen los draugar, cuerpos muertos que permanecen activos dentro de los túmulos. Pero quizá el gran salto ocurrió cuando la literatura convirtió todas esas tradiciones dispersas en una figura mucho más poderosa: el vampiro.

Bram Stoker estuvo a punto de llamar a su novela Drácula con un título que hoy resulta revelador: Los No-Muertos. La novela de 1897 ayudó a fijar el sentido moderno de esa expresión y transformó al muerto que regresa en una criatura sofisticada, inteligente y seductora. Pero, el Drácula de Stoker no apareció de la nada. Detrás de él estaban siglos de historias sobre cadáveres que no permanecían en sus tumbas. Y aquí comienza la parte más interesante. ¿Por qué necesitamos imaginar muertos que regresan? La psicología y el psicoanálisis han intentado responder esa pregunta. Para Freud, los relatos de lo que regresa pueden relacionarse con aquello que ha sido reprimido y vuelve a aparecer. Jung interpretó las figuras oscuras como posibles expresiones de la Sombra: aspectos de nosotros mismos que preferimos no reconocer.

Desde esta perspectiva, el no-muerto no sería solamente un monstruo exterior. Sería también una imagen de aquello que intentamos enterrar dentro de nosotros. Tal vez por eso estas criaturas sobreviven, aunque cambien sus nombres. El muerto que golpea una puerta medieval, el vampiro que entra en una habitación, el zombi que avanza lentamente o el cadáver que despierta en una película moderna son variaciones de una misma pesadilla: aquello que creíamos terminado no terminó. Los no-muertos nos obligan a mirar la muerte, pero también nos obligan a mirar la memoria, la enfermedad, la culpa y el miedo. Porque hay cosas que podemos enterrar… pero no necesariamente podemos hacer desaparecer. Y quizá esa sea la verdadera razón por la que los no-muertos nunca terminan de morir.

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El PELADO Investiga
# EXPEDIENTE 145

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