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LA PUERTA AL PAÍS DE LAS MUJERES

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¿Qué pasaría si después de destruir el mundo los seres humanos decidieran que el problema no fue la guerra, sino los hombres que la hicieron posible? Esa es la pregunta incómoda que Sheri Stewart Tepper plantea en La puerta al País de las Mujeres, una novela publicada en 1988 y ambientada trescientos años después de una guerra nuclear que dejó a la civilización al borde de la desaparición. La historia nos lleva hasta una sociedad reconstruida en pequeñas ciudades, aparentemente pacíficas, ecológicas y organizadas alrededor del poder femenino. El centro de ese mundo es Marthatown.

Pero hay algo extraño detrás de sus murallas. Las mujeres gobiernan. Cultivan la tierra, administran la economía, conservan los conocimientos científicos y controlan la educación. Los niños pequeños viven con ellas, mientras que la mayoría de los varones, al llegar a cierta edad, son enviados a guarniciones militares situadas fuera de las ciudades. Allí los muchachos aprenden a luchar, a obedecer y a convertirse en guerreros. Dentro de las ciudades quedan solamente unos pocos hombres llamados servitors. Son hombres pacíficos, dedicados al trabajo, al estudio y al servicio de la comunidad. Para los guerreros, representan una existencia humillante. Para las mujeres, en cambio, forman parte de la sociedad que permitió reconstruir el mundo. Y entonces aparece Stavia.

Ella es hija de Morgot, una de las mujeres que integran el Consejo de Marthatown. Desde el comienzo, vive atrapada entre dos mundos. Tiene un hijo adolescente, Dawid, que debe decidir si quiere convertirse en guerrero o regresar a la ciudad para llevar una vida como servitor. Dawid elige a los guerreros. Pero la historia de Stavia también está marcada por Chernon, un joven soldado que conoce desde su juventud. Los encuentros entre mujeres y guerreros están estrictamente controlados y se producen principalmente durante los Carnavales, momentos excepcionales en los que ambos grupos pueden relacionarse. Chernon, sin embargo, tiene una misión. Los guerreros sospechan que las mujeres esconden algo. Creen que detrás de aquella aparente tranquilidad existe algún secreto que explica por qué las ciudades prosperan mientras las comunidades guerreras van perdiendo población. Chernon intenta descubrirlo utilizando su relación con Stavia. Y aquí la novela comienza a desmontar su propio escenario.

Porque el País de las Mujeres no es simplemente una utopía feminista construida después del apocalipsis. Es un experimento social. Durante generaciones, el Consejo ha manipulado silenciosamente la reproducción de la población. Los guerreros creen que sus hijos nacen de las relaciones que mantienen con las mujeres durante los Carnavales. Pero esa creencia es parte del engaño. Los padres biológicos de muchos de esos niños son, en realidad, los servitors. Las mujeres han seleccionado cuidadosamente a los hombres considerados menos violentos y más aptos para transmitir determinadas características. Mediante métodos reproductivos controlados y decisiones médicas, intentan reducir progresivamente los rasgos asociados con la violencia.

El objetivo es brutalmente sencillo: evitar que la humanidad vuelva a destruirse. Y justamente ahí aparece la gran pregunta de la novela. ¿Puede una sociedad justificar la manipulación genética de sus propios ciudadanos si el objetivo es salvar a la especie?

Tepper no construye una respuesta cómoda. Porque el País de las Mujeres ha conseguido algo extraordinario: paz, estabilidad, educación y una sociedad sostenible. Pero lo ha conseguido mediante el secreto, la manipulación reproductiva y el control de la vida de personas que ni siquiera saben que están siendo utilizadas en ese experimento. La novela enfrenta así dos modelos extremos. Por un lado, las comunidades guerreras, donde la masculinidad está asociada con la fuerza, la conquista y la violencia. Por otro, el País de las Mujeres, donde la violencia ha sido reducida mediante una combinación de educación, segregación y control biológico.

Y todavía existe un tercer modelo: los Holylanders, comunidades fundamentalistas que llevan el patriarcado hasta sus consecuencias más brutales. Allí las mujeres son sometidas, la religión es utilizada para justificar la autoridad masculina y la violencia forma parte de la estructura familiar. La autora coloca entonces tres sociedades frente al mismo problema: cómo impedir que los seres humanos vuelvan a destruirse. Pero ninguna de las tres soluciones es completamente inocente. La novela fue publicada en 1988, en plena preocupación por la guerra nuclear, la carrera armamentística y la posibilidad de una destrucción global. Por eso su verdadera pregunta no es quién debería gobernar, si los hombres o las mujeres.

Es mucho más incómoda. ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para garantizar nuestra supervivencia? Porque si para construir una sociedad pacífica necesitamos decidir quién puede reproducirse, quién debe ser apartado, qué características humanas deben desaparecer y qué secretos deben mantenerse ocultos... ¿seguimos hablando de una utopía? ¿O simplemente hemos construido una forma mucho más elegante de control? La puerta al País de las Mujeres no presenta una sociedad perfecta. Presenta un experimento. Y quizá esa sea la razón por la que, más de tres décadas después de su publicación, la novela continúa resultando incómoda. Porque después del apocalipsis no basta con sobrevivir.

Recopilación
El PELADO Investiga
# EXPEDIENTE 142

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