
Hoy, cuando alguien sufre por amor, los consejos suelen ser bastante previsibles: distraerse, salir con amigos, dejar pasar el tiempo y, sobre todo, evitar mirar compulsivamente las redes sociales de la persona que acaba de rompernos el corazón. Pero hubo una época en la que enamorarse demasiado podía terminar en la consulta de un médico. Y no estamos hablando metafóricamente. Durante la Edad Media, determinados médicos consideraron que la pasión amorosa podía convertirse en una verdadera enfermedad. Se la conoció con nombres como amor hereos o aegritudo amoris.
El enamorado podía perder el apetito, adelgazar, sufrir insomnio, tristeza, pensamientos obsesivos y alteraciones del comportamiento. Dentro de la medicina humoral de la época, cuerpo y emociones estaban profundamente relacionados, de modo que una pasión descontrolada podía terminar alterando físicamente al paciente. El asunto llegó a tomarse tan en serio que Arnau de Vilanova, uno de los médicos más importantes de la Europa medieval, escribió en el siglo XIII un tratado dedicado al amor heroico. Otros autores médicos, como Avicena, Constantino el Africano y Bernardo de Gordonio, también abordaron el problema.
Es decir: para buena parte de la tradición médica medieval, estar enfermo de amor podía ser exactamente eso... estar enfermo. Y entonces llegaban los remedios. Algunos eran relativamente razonables para los conocimientos disponibles en aquel momento. Se aconsejaba distraer al enamorado, conversar con amigos, escuchar música, cambiar de ambiente e incluso intentar desacreditar mentalmente a la persona amada para romper la idealización obsesiva. Pero junto a esas terapias aparecen recetas populares y remedios atribuidos a la medicina medieval que, vistos desde nuestro tiempo, parecen salidos de la cocina de una bruja.
El material que dio origen a este expediente reúne nueve de los más extravagantes. Uno de ellos recibe el llamativo nombre de Poción de San Pablo y estaba destinado, según esta recopilación, a quienes habían sufrido una infidelidad. La mezcla incluía salvia, regaliz, hojas de sauce, hinojo, canela, jengibre, clavo, mandrágora y pimienta. Algunos de esos ingredientes tuvieron usos medicinales históricos perfectamente reales. El sauce, por ejemplo, contiene salicilatos, mientras que diversas plantas aromáticas fueron utilizadas para trastornos digestivos. Pero que aquella combinación fuese realmente una receta medieval específicamente destinada a curar a los engañados es mucho más difícil de demostrar. Y este detalle es importante.
Porque muchas listas modernas mezclan medicina histórica, folklore, recetas antiguas y reinterpretaciones posteriores. Sabemos con seguridad que el mal de amores fue tratado como enfermedad. Lo que no podemos hacer es conceder automáticamente el mismo grado de certeza histórica a cada receta extravagante que internet atribuye a la Edad Media. Dicho esto, sigamos, porque las cosas se ponen bastante peores. Para un amor no correspondido aparece un supuesto caldo preparado con gallina, carne de buey, pimienta, comino, nueces y un ingrediente que seguramente terminaría de arruinar cualquier posibilidad de reconciliación sentimental: orina matinal del propio paciente.
La lógica detrás de muchas recetas medievales no consistía necesariamente en curar el amor. Se intentaba corregir el síntoma físico que se asociaba con aquella pasión. Si el enamorado sufría dolores, problemas digestivos o alteraciones corporales, se trataba el cuerpo esperando que, al recuperar el equilibrio, también se corrigiera el estado emocional. Otra receta recopilada propone caracoles para quienes extrañaban demasiado a alguien. Los animales debían alimentarse durante varios días con menta y después utilizarse sobre zonas enrojecidas de la piel.
Después tenemos una preparación destinada a mujeres que deseaban conseguir marido. Puerro, cebolla, ajo, vino y huevo debían mezclarse y dejarse reposar durante nueve noches antes de aplicar el líquido resultante sobre los ojos. Si la soltería todavía no había conseguido espantar a los posibles candidatos, aquello probablemente terminaba el trabajo. Pero la medicina medieval podía ir bastante más lejos. La impotencia masculina fue relacionada durante siglos no solamente con causas naturales sino también con hechicería y maleficios.
El Malleus Maleficarum, escrito a finales del siglo XV, dedicaría incluso atención a la supuesta capacidad de las brujas para impedir las relaciones sexuales. En nuestro recetario aparece una solución particularmente desagradable: preparar un búho con sal, hervirlo y utilizar posteriormente una mezcla con grasa de jabalí sobre el cuerpo. No recomendamos comprobar el resultado. Para el desengaño amoroso encontramos algo bastante menos dramático: hojas de verbena mezcladas con cebada, hervidas y aplicadas sobre la frente como cataplasma para combatir el dolor de cabeza asociado al sufrimiento sentimental.
Después aparece una receta que hoy resultaría directamente inadmisible: grasa obtenida de un gato negro hervido, combinada con hierbas y cera para preparar una compresa destinada a determinados problemas de garganta y apariencia. Más allá de la autenticidad concreta de la asociación amorosa de esta receta, el uso medicinal de grasas animales formó parte de numerosos recetarios pre modernos. Los hombres tampoco escapaban de las soluciones vegetales. El marrubio, una planta tradicionalmente utilizada contra la tos, aparece asociado a los caballeros cuya frustración amorosa habría afectado su voz. Recuperada la garganta, podían volver a intentar la conquista.
Y finalmente encontramos una preparación con comino y anís macerados en vino, posteriormente mezclados con ceniza de fresno. La intención era combatir los cólicos que supuestamente acompañaban al mal de amores. Detrás de toda esta colección, entre recetas grotescas y remedios vegetales, existe una idea sorprendentemente moderna. Las emociones afectan al cuerpo. Hoy no explicamos ese fenómeno mediante humores corporales ni diagnosticamos amor hereos. Pero sabemos perfectamente que una ruptura sentimental, el estrés o una obsesión pueden alterar el sueño, el apetito, la concentración y producir manifestaciones físicas reales.
Los médicos medievales observaban esos síntomas con las herramientas intelectuales de su época. Y llegaron a una conclusión que, despojada de la teoría humoral, no resulta completamente absurda: alguien podía enfermar físicamente después de sufrir emocionalmente. Se equivocaron muchas veces en las causas. Y algunas veces, muchísimo en los remedios. Pero comprendieron algo esencial: enamorarse no ocurría solamente en la imaginación.
Ocurría también en el cuerpo. Por eso quizá el verdadero remedio medieval contra el mal de amores no estuviera en el búho, el caracol, la verbena ni aquel espantoso caldo con orina. Estaba en una intuición que sobrevivió a todos ellos. Que un corazón roto puede doler de verdad. Aunque, afortunadamente, ya no haga falta hervir un búho para intentar curarlo.
Recopilación
El PELADO Investiga
# EXPEDIENTE 142