
Durante el siglo XVII comenzó a circular un manuscrito que no prometía salvación, sino control. No hablaba de ángeles ni de gracia divina, sino de jerarquías infernales, obediencia forzada y nombres que, según se creía, no debían pronunciarse sin consecuencias. Ese texto fue conocido como “Ars Goetia”, la primera sección de un grimorio más amplio atribuido a una tradición salomónica que ya entonces era considerada peligrosa.
Su origen no se encuentra en un solo autor ni en una sola época. Es el resultado de capas superpuestas de miedo, teología, magia ceremonial y obsesión por el orden. Su núcleo narrativo gira en torno a una figura central: el rey Salomón, presentado no como sabio pacífico, sino como soberano capaz de someter a entidades no humanas mediante sellos, palabras y recipientes marcados. En este relato, los demonios no son invocados para ser adorados, sino capturados, numerados y obligados a servir. El horror no está en la invocación, sino en la idea de que lo infernal puede ser administrado como un imperio.
El texto describe setenta y dos entidades, cada una con nombre, rango, apariencia y función específica. Reyes, duques, príncipes y marqueses del abismo aparecen organizados como una corte oscura. No son fuerzas caóticas, sino engranajes de una maquinaria invisible. Algunos enseñan ciencias prohibidas, otros revelan secretos del pasado y del futuro, otros manipulan deseos, guerras o pasiones humanas. La repetición obsesiva de títulos y jerarquías revela una ansiedad profunda: la necesidad humana de imponer estructura incluso al mal absoluto.
Las causas de la aparición de este grimorio están ligadas a un contexto histórico preciso. Europa atravesaba una época de crisis espiritual, persecuciones religiosas y fascinación por el conocimiento oculto. La magia ceremonial se presentaba como una ciencia alternativa, rigurosa y peligrosa, reservada a quienes creían tener la fortaleza mental para no perderse en el proceso. El “Ars Goetia” no ofrecía consuelo; ofrecía poder, pero a un costo implícito: el riesgo de que la frontera entre quien ordena y quien obedece se disolviera.
Las teorías sobre su función real divergen. Algunos estudiosos lo consideran un manual simbólico, una representación psicológica de impulsos reprimidos y arquetipos del inconsciente. Otros sostienen que fue tomado de manera literal por practicantes que creían posible forzar a estas entidades mediante rituales complejos. En ambos casos, el texto actúa como un espejo perturbador. No describe demonios externos solamente, sino una mente que intenta dominar aquello que teme.
A lo largo de los siglos, surgieron testimonios indirectos, fragmentados, siempre envueltos en silencio. Se hablaba de lectores obsesionados con los sellos, de copistas que evitaban ciertos nombres, de manuscritos mutilados deliberadamente. No hay relatos directos verificables, pero la persistencia del temor es significativa. Fue prohibido, reeditado, reescrito y ocultado una y otra vez. Cada intento de eliminarlo parecía reforzar su aura.
Su parentesco con otras tradiciones es evidente. La figura de Salomón como dominador de espíritus aparece en textos judíos antiguos y en relatos del mundo islámico, donde los genios son encerrados en recipientes sellados. El “Ars Goetia” absorbe estos mitos y los reconfigura bajo una lógica occidental, obsesionada con listas, números y control absoluto. El resultado es un catálogo del mal que pretende ser exhaustivo, como si nombrar fuera equivalente a poseer.
Las conclusiones que surgen de su estudio no son tranquilizadoras. El grimorio no revela tanto sobre demonios reales como sobre una necesidad humana persistente: convertir lo desconocido en sistema, reducir el terror a una tabla de rangos. El verdadero horror del texto no está en las entidades que describe, sino en la frialdad con la que son tratadas, como recursos explotables. En ese sentido, el grimorio funciona como un documento psicológico extremo, donde el deseo de poder eclipsa cualquier noción de límite.
A siglos de su aparición, sigue generando inquietud. No porque prometa invocaciones, sino porque expone una idea inquietante: que el mal puede ser estudiado, ordenado y utilizado. Y que, al intentar dominarlo, algo esencial del observador comienza a parecerse demasiado a aquello que intenta someter.
Recopilación
El PELADO Investiga
# EXPEDIENTE 126