ESCUCHA EL #EXPEDIENTE Nº 125 | 16.01.2026

EL DÍA QUE FALTÓ PARA EL FIN


Durante 665 días el sol no cumplió su promesa. No desapareció del cielo, pero su presencia se volvió simbólica, un disco inútil suspendido sobre un mundo que ya no respondía a los ritmos divinos. Los primeros comunicados oficiales evitaron cualquier referencia religiosa, pero el número comenzó a circular en voz baja, primero como superstición, luego como sospecha. Seis. Seis. Cinco. Faltaba uno. Y esa ausencia pesaba más que la oscuridad misma.

Teólogos, astrónomos y físicos coincidieron por un breve período en algo inusual: el fenómeno no encajaba en ningún modelo conocido. No era un eclipse, ni una nube cósmica, ni una falla atmosférica. La noche era uniforme, persistente, sin bordes. Una tiniebla que no se movía, que no avanzaba ni retrocedía, como si el tiempo hubiese quedado suspendido en un acto de espera. En ciertos círculos comenzó a hablarse del Apocalipsis no como metáfora, sino como cronograma.

El colapso psicológico fue más rápido que el material. Al perder la luz, la humanidad perdió también la convicción de ser observada por algo superior. La idea de juicio, paradójicamente, sostenía más que el castigo. Cuando el cielo dejó de responder, muchos entendieron que no había vigilancia. Nadie era especial. Nadie estaba a salvo. Ese descubrimiento provocó más muertes que el hambre o la sed.

Contra todo pronóstico, la vida vegetal persistió. Árboles ennegrecidos continuaron ciclos rudimentarios. Las hojas caían y volvían a brotar sin luz, como si obedecieran a una memoria anterior a la creación humana. Algunos estudios sugirieron procesos químicos alternativos; otros, más oscuros, hablaron de una naturaleza que ya no necesitaba al sol. En textos antiguos se encontró una frase recurrente: la tierra dará fruto aun en tinieblas. Nadie quiso admitir cuánto resonaba eso ahora.

Los registros más completos de ese período provienen de escuchas radiales aisladas. Equipos viejos, analógicos, inmunes a la mayoría de las tormentas electromagnéticas. Uno de esos observadores mantuvo un ritual preciso: un minuto de escucha diaria, siempre a la misma hora, como si se tratara de una oración invertida. Se encendía el aparato, se esperaba una señal, y se apagaba. Así durante 665 noches. Seis minutos por cada centena. Un conteo involuntario.

Al principio, las transmisiones hablaban de esperanza. Luego de resistencia. Después de culpa. Para el día 200, la electricidad se volvió intermitente. Para el 400, las estaciones civiles desaparecieron. Quedaron solo fragmentos: salmos distorsionados, discursos políticos inconclusos, gritos que no parecían dirigidos a nadie. La estática comenzó a adquirir una textura particular, como un murmullo constante. Algunos afirmaron distinguir patrones. Otros, palabras que no estaban allí.

La mayoría murió al salir. No había bestias, ni plagas visibles. Solo una oscuridad absoluta que anulaba la orientación y disolvía la noción de distancia. Caminar era perderse. Permanecer era enloquecer. Los que sobrevivieron más tiempo no fueron los más fuertes, sino los que ya estaban acostumbrados al encierro, a la degradación, a vivir sin testigos. El aislamiento resultó más letal que la inanición. El cuerpo aceptaba casi cualquier cosa. La mente exigía sentido.

A medida que se acercaba el día 666, comenzaron a registrarse episodios similares en distintos puntos del mundo. Voces aisladas emergiendo de dispositivos apagados. Sueños compartidos entre personas que nunca se habían conocido. La sensación persistente de estar siendo contado. No observado, sino enumerado. Como ganado antes del sacrificio.

La noche 665 fue distinta. La estática se interrumpió. No hubo anuncio, ni señal previa. Una voz surgió brevemente, clara, sin interferencias. No pronunció advertencias ni promesas. Dijo un nombre. El nombre exacto del oyente. Los registros indican que el equipo se apagó inmediatamente después. La batería quedó inutilizada, como si hubiese sido drenada de golpe.

No hay constancia de lo ocurrido al día siguiente. El 666 nunca fue registrado oficialmente. Algunos sostienen que no llegó a existir, que el mundo quedó suspendido en ese umbral incompleto, condenado a una antesala eterna. Otros creen que el acto final no necesitaba espectadores ni archivos. Que el Apocalipsis no fue un evento ruidoso, sino una confirmación silenciosa.

El último dato verificable es una decisión: tras oír su nombre, el observador salió al exterior. No por desesperación, sino por comprensión. Si el número debía completarse, alguien tenía que dar el paso. El mundo, desde entonces, permanece en silencio. Quizás esperando que alguien más termine de contar.

Recopilación
El PELADO Investiga
# EXPEDIENTE 125

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