ESCUCHA EL #EXPEDIENTE Nº 134 | 10.04.2026

TERROR Y PODER FEMENINO

El cine de terror, al observarlo a través de la lente de la teoría feminista, revela una anatomía oculta de poder y ansiedad, donde la mujer y la masculinidad se enfrentan en un duelo silencioso entre lo visible y lo subliminal. Desde 1975, con la publicación de “Placer visual y cine narrativo” de Laura Mulvey, quedó patente que el terror cinematográfico, incluso en sus relatos más fantásticos, refleja la estructura del patriarcado: la cámara es masculina, omnipresente, y nos obliga a ver el mundo a través de ojos que no nos pertenecen. Cada escena que muestra a una mujer en peligro, cada persecución por un bosque o un pasillo oscuro, está mediada por un deseo de control, de apropiación, de vigilancia constante.

En películas como “Alien”, la icónica “Ripley” encarna la paradoja. Heroína y víctima, la mujer que enfrenta al monstruo Xenomorfo es también objeto de una mirada que la reduce a un cuerpo. La cámara no se limita a mostrar la amenaza externa: observa su vulnerabilidad, la fragmenta, y la reconfigura según un deseo masculino que justifica incluso la exposición más absurda, como un improbable cambio de ropa interior interestelar.

Pero más allá de la incomodidad de la mirada, Ripley resiste. Se masculiniza frente al monstruo, toma el control de los instrumentos de la violencia —las garras del Xenomorfo, las armas, la sangre que chorrea por conductos imposibles— y nos muestra que la supervivencia femenina en el cine de terror es un acto de transformación, de asunción de poder en un mundo que desde su concepción la subordina.

El terror, sin embargo, no se limita a monstruos sobrenaturales. En “Misery”, Annie Wilkes encarna la amenaza humana y psicológica, el monstruo cotidiano que se esconde detrás de la fragilidad femenina aparente. Su locura se alimenta de la historia de sufrimiento que la vida le infligió, un recordatorio de que el terror puede ser también la memoria de la violencia patriarcal, transformada en acción directa.

La protagonista debe resistir, sobrevivir, transformar la persecución en resistencia; solo así puede aspirar a convertirse en la chica del final, ese arquetipo que la autora describe como la mujer que escapa al destino impuesto y logra imponerse frente al monstruo.

Los clásicos del género repiten un patrón: las figuras masculinas agresivas —Jasón, Michael Myers, Norman Bates— inician la masacre motivadas por traumas que les conectan con la violencia materna, la represión de la sexualidad femenina y el castigo por la transgresión.

Las jóvenes que sobreviven no lo hacen por azar: lo hacen porque, de un modo u otro, asumen la capacidad de resistir, de confrontar, de subvertir la mirada que las reduce a cuerpos.

En “Scream”, por ejemplo, la supuesta transgresión sexual es el detonante de la violencia: los que se acuestan antes de tiempo son los primeros en caer, castigados por la narrativa patriarcal que aún gobierna la estructura del miedo.

El terror, por lo tanto, funciona como un espejo deformante de la sociedad: refleja miedos masculinos, obsesiones con la pureza y la subordinación femenina, pero también ofrece la posibilidad de ruptura. Cuando la protagonista sobrevive, cuando se enfrenta al monstruo con inteligencia, fuerza y astucia, emerge una nueva versión de la mujer: empoderada, resistente y activa.

Este giro es especialmente evidente en “El exorcista”, de William Friedkin, donde el poder femenino y la violencia patriarcal coexisten en un clímax cargado de tensión. El exorcismo de la pequeña Regan no es solo una liberación espiritual; es un acto físico, visceral, un combate que combina miedo, horror y confrontación directa. La secuencia donde el padre Karras la golpea, estando Pazuzu, poseyéndola, es, en su teatralidad extrema, un recordatorio de que el terror siempre tiene un cuerpo que lo encarna y un poder que lo sostiene.

En este universo, la violencia no es solo externa, sino también psicológica: el terror se infiltra en la mente, en la percepción, en la forma en que la cámara decide mostrarnos a los cuerpos y a los monstruos. Cada escena se convierte en un ensayo sobre la mirada, el poder y la resistencia, donde lo femenino no es solo víctima, sino fuerza que se abre paso entre sombras, gritos y grilletes narrativos.

El feminismo en el cine de terror no está en el simple hecho de sobrevivir, sino en la manera en que la protagonista invierte la dinámica del miedo: convierte la persecución en control, el acecho en confrontación, la vulnerabilidad en acción. La cámara que observa y juzga ya no es la dueña absoluta del relato; el terror deja de ser solo masculino. Y en ese instante, el horror se vuelve emancipador.

Recopilación
El PELADO Investiga
# EXPEDIENTE 127

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