ESCUCHA EL #EXPEDIENTE Nº 134 | 10.04.2026

¿POR QUÉ EXISTE EL MAL?

Muchas tradiciones filosóficas y religiosas han reflexionado sobre este misterio, y la fe cristiana católica ofrece una interpretación particular que intenta integrar la libertad humana, la naturaleza del universo y la acción divina. Abordar esta pregunta desde esa perspectiva implica enfrentar realidades complejas y antiguas, y reconocer que la experiencia del mal es una de las cuestiones que más ha inquietado a la humanidad a lo largo de los siglos.

Desde la mirada católica, la noción de mal no se presenta como una fuerza independiente con existencia propia, sino más bien como una realidad que surge de la libertad creada por Dios. Dios, según la enseñanza cristiana, es infinitamente bueno y la fuente de toda existencia. El mundo no es obra de una dualidad conflictiva entre bien y mal, sino que todo lo que existe proviene de un Creador que es totalmente bueno. De este modo, el mal no puede ser atribuido a Dios como autor, sino que se debe comprender como una consecuencia de la libertad —la capacidad que Dios otorga a los seres racionales para elegir— usada de manera contraria a su intención originaria. En la Biblia se hace esta distinción clara: el mal no brota del mismo origen de la creación, sino que se manifiesta cuando la libertad es empleada para oponerse a Dios y al bien.

En este contexto surge una distinción fundamental dentro de la tradición cristiana entre dos tipos de mal: el mal físico o natural y el mal moral. El mal físico incluye todas esas experiencias que causan sufrimiento o daño sin intervención deliberada de la voluntad humana, como las enfermedades, los desastres naturales, el envejecimiento o la muerte.

Aunque estos eventos pueden parecer injustos o crueles, desde la perspectiva teológica católica se entiende que forman parte de la condición de un mundo creado bueno, pero no perfecto ni absoluto. La creación, según esta visión, no ha alcanzado aún su plenitud, y se encuentra en camino hacia un estado definitivo de perfección que solo se realizará plenamente en Cristo al final de los tiempos.

Dios, en su sabiduría, permite que estos males ocurran, no como una manifestación de crueldad, sino para que, incluso en medio del sufrimiento, puedan surgir bienes mayores y oportunidades de crecimiento espiritual y moral.

Mientras tanto, el mal moral es el que resulta directamente de las decisiones humanas que se apartan de la voluntad de Dios. Este tipo de mal se expresa en actos como la injusticia, la violencia, la mentira, la corrupción y otros comportamientos que contradicen la ley moral. Según la enseñanza católica, el origen último del mal moral se encuentra en el uso indebido de la libertad, lo que se remonta al relato del primer pecado humano, cuando los primeros seres humanos eligieron desobedecer a Dios y aceptaron la tentación de auto realizarse fuera de su relación con el Creador. Esa ruptura introdujo una inclinación al mal en la naturaleza humana que luego influye en la historia individual y colectiva. Sin embargo, aunque el mal moral surge de decisiones libres, Dios no es responsable de estas elecciones erróneas, pues Él concede la libertad por respeto a la dignidad humana.

Entender el mal de esta manera implica reconocer que la libertad es un don precioso que conlleva riesgos. Si no existiera la posibilidad de elegir libremente, tampoco sería posible amar de verdad, y el amor auténtico es un valor fundamental en la fe cristiana. La libertad permite que los seres humanos puedan amar a Dios y a los demás de manera genuina, pero esa misma facultad abre la posibilidad de elegir en contra del bien. Por ello, el mal no es una fuerza autónoma igual al bien, sino una consecuencia de la libertad usada erróneamente.

En la fe católica también se sostiene que Dios no deja al ser humano solo frente al mal. La historia de la salvación, según esta tradición, culmina en la persona de Jesús, cuya vida, pasión, muerte y resurrección ofrecen una respuesta definitiva al problema del mal. En Cristo, quien asume el sufrimiento humano y lo transforma, se revela la capacidad de Dios de sacar un bien incluso de las consecuencias del mal. La cruz de Jesús es, desde esta perspectiva, el lugar donde Dios confronta el mal y lo supera, ofreciendo esperanza y redención.

Esta comprensión no pretende trivializar el dolor ni justificar la injusticia, sino ofrecer una visión coherente con la fe que reconoce que el mal existe, que tiene consecuencias reales y dolorosas, pero que no tiene la última palabra. Los creyentes están llamados a enfrentar el mal en sus múltiples formas con fe, esperanza y caridad. La fe invita a aceptar que incluso el sufrimiento puede tener un valor cuando se une a la obra redentora de Cristo; la esperanza confía en que el bien finalmente prevalecerá, y la caridad impulsa a amar y servir a los demás, contrarrestando el mal con el bien.

Como reflexión que integra esta enseñanza en palabras que la tradición cristiana recoge, la Biblia nos recuerda que no estamos exentos de la presencia del mal, pero que podemos pedir a Dios su protección y liberación: en la oración del Padre Nuestro oramos “Líbranos del mal” refiriéndonos no solo a fuerzas impersonales, sino también al Maligno, el adversario que se opone a Dios y a nuestra libertad ordenada al bien.

Aquí una cita de la Sagrada Escritura que invita a meditar sobre nuestra actitud frente al mal: “No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien” (Romanos 12,21). Esta frase resume una llamada profunda a responder al mal no con más mal, sino con acciones que construyan paz, justicia y amor, reconociendo que esa es la senda que conduce a la plenitud de la vida humana y espiritual.

De vos depende.

Recopilación
El PELADO Investiga
# EXPEDIENTE 127

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