ESCUCHA EL #EXPEDIENTE Nº 129 | 13.02.2026

CIRUJANOS DE LO INVISIBLE


Durante siglos, en aldeas remotas del archipiélago filipino, hombres y mujeres afirmaron poseer un don capaz de quebrar las leyes de la carne. Los llamaron sanadores espirituales, cirujanos psíquicos, intermediarios entre el cuerpo humano y fuerzas que ningún médico podía nombrar. A simple vista eran campesinos, pescadores, vendedores de mercado. Pero al caer la noche, en habitaciones apenas iluminadas por velas y olor a aceite de coco, se convertían en algo más.

El fenómeno comenzó a llamar la atención fuera de Filipinas a mediados del siglo XX. En las décadas de 1950 y 1960, viajeros, curiosos y enfermos terminales llegaron atraídos por relatos imposibles: hombres capaces de abrir el abdomen sin bisturí, introducir las manos desnudas en la carne viva y extraer tumores o coágulos sin dejar cicatriz. Los cuerpos, decían, se cerraban después como si nunca hubieran sido tocados. Algunos pacientes aseguraban sentir alivio inmediato. Otros, una extraña paz, como si algo invisible hubiera sido retirado de su interior.

Uno de los nombres más repetidos en esos relatos fue el de un sanador conocido como Eleuterio Terte, activo en el norte de Filipinas. También surgieron figuras como Tony Agpaoa y Alex Orbito, cuyas demostraciones atrajeron a celebridades, políticos y enfermos desesperados. Sus sesiones se realizaban en habitaciones abarrotadas, con asistentes observando cada movimiento. No había anestesia. No había instrumental quirúrgico. Solo manos, pañuelos, recipientes con agua y la convicción de que el cuerpo era una frontera permeable entre lo físico y lo espiritual.

El contexto cultural que permitió el surgimiento de estos sanadores es complejo. Filipinas es un territorio donde el catolicismo impuesto por la colonización española se fusionó con antiguas creencias animistas y prácticas chamánicas. La figura del “albularyo”, curandero tradicional, ha existido durante generaciones como mediador entre enfermedades físicas y entidades espirituales. Para muchos habitantes rurales, la enfermedad no es solo un desorden biológico, sino la manifestación de desequilibrios energéticos, maldiciones o intrusiones invisibles.

En ese marco, la cirugía psíquica no se percibe como un espectáculo, sino como un ritual. El sanador reza, invoca a Dios o a espíritus protectores, y luego comienza el procedimiento. Testigos describen manos que parecen atravesar la piel como si fuera arcilla tibia. Se observa sangre, fragmentos de tejido, objetos oscuros que el sanador deposita en bandejas. Sin embargo, al terminar, la piel del paciente aparece intacta. No hay incisión. No hay sutura. Solo una leve humedad y, en ocasiones, una sensación de agotamiento profundo.
Desde la perspectiva científica, estas prácticas han sido objeto de intenso escrutinio. Investigadores escépticos y magos profesionales han documentado técnicas de ilusionismo utilizadas por algunos sanadores: manipulación de sangre animal, trozos de vísceras ocultos en las manos, distracción visual cuidadosamente coreografiada. En filmaciones analizadas cuadro por cuadro, se observan movimientos rápidos que sugieren prestidigitación. Para muchos expertos, la cirugía psíquica es un elaborado acto de engaño, sostenido por la desesperación de pacientes y la fe colectiva.

El fenómeno de los sanadores filipinos permanece suspendido entre dos mundos irreconciliables. Para la ciencia, representa un caso extremo de sugestión, fraude y necesidad humana de creer en lo imposible. Para quienes han pasado por sus manos, constituye una experiencia transformadora, a veces salvadora, otras profundamente perturbadora. Entre ambos extremos se abre una zona gris donde la percepción, la fe y el miedo se entrelazan.

Quizá el verdadero misterio no reside en si las manos atraviesan la carne, sino en la fragilidad del límite que separa lo que el cuerpo puede soportar de lo que la mente necesita imaginar para seguir viviendo. En las habitaciones silenciosas donde aún se realizan estas operaciones invisibles, el terror no proviene de la sangre ni de la posibilidad del engaño. Surge de la sospecha de que, en ciertos contextos, la realidad puede moldearse por la creencia colectiva, y que el cuerpo humano, sometido a suficiente fe o desesperación, es capaz de abrirse sin herida y cerrarse sin explicación.

Recopilación
El PELADO Investiga
# EXPEDIENTE 129

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