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Desde que el ser humano comenzó a enfermar, también comenzó a preguntarse por qué. Mucho antes de que existieran hospitales, diagnósticos o laboratorios, la enfermedad fue interpretada como una señal, una ruptura invisible entre el cuerpo y algo más profundo. En ese territorio ambiguo nació lo que hoy se conoce como medicina de la creencia, un conjunto de prácticas que no buscan únicamente sanar tejidos, sino restablecer un equilibrio perdido. En muchas culturas, estas formas de curación no desaparecieron con el avance científico, sino que quedaron latentes, esperando el momento en que la medicina formal ya no ofreciera respuestas.
En regiones donde la tradición oral pesa tanto como la historia escrita, estas creencias se volvieron parte del paisaje cotidiano. Allí, la enfermedad no siempre se entiende como una falla orgánica, sino como una alteración provocada por fuerzas externas, intenciones ajenas o desequilibrios invisibles. La persona enferma no solo padece un síntoma físico, sino que carga con la sospecha de haber sido alcanzada por algo que no se ve, pero que actúa. Algo que observa. Algo que desea.
Dentro de este universo de creencias, una de las más persistentes y temidas es la del mal de ojo, conocido en ciertas regiones como agüeyamiento. No se trata de una dolencia concreta, sino de un estado de deterioro progresivo que parece no tener causa aparente. Quien lo sufre comienza a apagarse lentamente. Aparecen el cansancio sin explicación, la falta de apetito, el decaimiento del ánimo, el llanto en los niños, la inquietud en los animales. Todo parece fuera de lugar. El cuerpo está, pero algo ya no encaja.
La explicación popular señala una causa inquietante. La mirada de otro. No cualquier mirada, sino una cargada de deseo oscuro, de envidia, de codicia. No hace falta un gesto explícito ni una palabra. Basta con observar demasiado. Con desear lo que el otro tiene. Según esta creencia, la energía negativa se proyecta desde quien mira hacia quien es mirado, atravesándolo como una herida silenciosa. El daño no se ve, pero se siente. Y cuando se manifiesta, ya es tarde.
Este temor no es exclusivo de una región ni de una época. Se lo encuentra en culturas antiguas del Mediterráneo, en textos clásicos, en rituales que sobreviven desde hace siglos. Sin embargo, en algunas zonas adquirió una identidad propia, profundamente arraigada en el lenguaje cotidiano. La gente no siempre sabe explicar qué es exactamente el agüeyamiento, pero lo reconoce cuando aparece. Se lo nombra en voz baja. Se lo intuye. Se lo teme.
Ante esta amenaza invisible, surgieron formas de defensa. Amuletos escondidos bajo la ropa, gestos repetidos casi sin pensar, frases pronunciadas como escudos verbales. Y cuando la prevención falla, llega el ritual. El más conocido es el acto de pasar el agua. Un procedimiento simple en apariencia, pero cargado de simbolismo. Agua clara, silencio, concentración. La persona que realiza el ritual observa, murmura palabras antiguas y deja que el agua revele lo que el cuerpo calla. Si el agua se comporta de forma extraña, si se rompe, si se enturbia, el diagnóstico está hecho. Hay mal.
El ritual no busca solo identificar el daño, sino extraerlo. El agua se convierte en testigo y vehículo. Absorbe aquello que sobra. Aquello que no pertenece. Para quienes creen, el alivio es inmediato. El cuerpo responde. El ánimo regresa. El niño duerme. El animal se calma. Y aunque no haya pruebas científicas que lo confirmen, el efecto es real para quien lo vive.
Desde una mirada racional, estas prácticas han sido calificadas como superstición. Se las ha reducido a restos de un pensamiento primitivo. Sin embargo, incluso voces críticas del pasado reconocieron su fuerza simbólica. Definieron el mal de ojo como la acción de dañar a otro a través de la vista, impulsada por la envidia. No como un fenómeno físico, sino como una manifestación del conflicto humano. Porque detrás de esta creencia late una verdad incómoda. La mirada del otro importa. El deseo del otro pesa. Y no siempre es benigno.
La medicina científica avanzó, delimitó causas, identificó bacterias, creó tratamientos. Pero no logró borrar del todo estas explicaciones paralelas. Cuando el diagnóstico no llega, cuando el tratamiento falla, cuando el mal persiste sin nombre, muchas personas regresan a estas prácticas. No por ignorancia, sino por desesperación. Porque ofrecen algo que la ciencia no siempre puede dar. Sentido. Contención. Una narrativa que explica el dolor.
El agüeyamiento no es solo una creencia sobre la enfermedad. Es una forma de leer el mundo. Un recordatorio de que no todo lo que daña es visible. De que las relaciones humanas también enferman. De que el deseo ajeno puede sentirse como una amenaza. En ese sentido, el terror que provoca no es sobrenatural. Es profundamente humano.
Quizás por eso sigue vivo. Porque habla de lo que no se puede medir. De lo que se intuye. De lo que se teme cuando la noche cae y el cuerpo falla. El mal de ojo no necesita pruebas para existir. Le basta con ser creído. Y mientras haya quienes sientan que algo los mira desde la sombra, seguirá encontrando un lugar donde manifestarse.
Recopilación
El PELADO Investiga
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