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Vampiros masculinos y la masculinidad arcaica
En los albores de la literatura gótica, los vampiros masculinos surgieron como figuras de poder y temor, reflejando la ambivalencia de la masculinidad en épocas de estricta moral victoriana. Entre ellos, el conde Drácula se erige como paradigma: un ser ancestral, cuya fuerza y longevidad contrastan con su incapacidad para actuar como un caballero convencional. No es el hombre recio y pragmático que la sociedad esperaba; es un cadáver andante, un fragmento de masculinidad en suspenso, que alterna entre dominación brutal y melancolía profunda.
Drácula se obsesiona con lo prohibido y lo peligroso. Su interés en Mina y Lucy trasciende la mera alimentación; encarna un impulso de control y deseo reprimido, que en ocasiones se desplaza hacia sus subordinados humanos. Jonathan Harker, el agente inmobiliario, representa esa tensión: no es atacado directamente, sino confinado, vigilado, reducido a objeto de la intrincada estrategia del vampiro. La relación entre ambos trasciende lo narrativo; es un espejo oscuro que refleja tensiones entre el poder, la hombría y la represión de los instintos, que algunos biógrafos han vinculado con la vida de Bram Stoker y su relación con actores de su compañía teatral.
El conde Drácula no se limita a la violencia física. Sus interacciones son sofisticadas: la mirada hipnótica, la seducción silenciosa, el control psicológico. Esta capacidad de someter sin tocar refleja una forma de dominación superior, más terrorífica que el ataque directo, pues obliga a la víctima a participar, a ofrecerse voluntariamente. La fuerza del vampiro no está en la fuerza bruta sino en la manipulación del deseo, en la creación de un escenario donde la víctima se convierte en cómplice de su propio sometimiento.
Los vampiros masculinos de la literatura posterior al siglo XIX se transforman: ya no son simples depredadores; su virilidad se vuelve frágil y melancólica. Se tornan amanerados, sensibles, casi víctimas de sí mismos. Esta metamorfosis puede interpretarse como resultado de la internalización de la psicología de sus presas humanas, de la nostalgia romántica, de la impotencia frente a la autonomía femenina creciente. La melancolía, la nostalgia por épocas pasadas y el desencanto se convierten en sus principales armas y castigos.
En paralelo, Drácula manipula el rol femenino de su entorno. Las novias del conde se convierten en instrumentos de su control, vehículos de su deseo y sus frustraciones, permitiéndole explorar impulsos reprimidos sin comprometer su propia imagen. Mina, por el contrario, representa la mujer nacida para el cautiverio doméstico: objeto de deseo, pero también catalizador de conflicto entre normas sociales y pasiones prohibidas. Drácula alterna entre el dominio absoluto y la contención de su instinto, revelando que la verdadera amenaza de un vampiro masculino no reside únicamente en su fuerza física, sino en su capacidad de manipular los deseos y los cuerpos que lo rodean.
Este análisis evidencia que el vampiro masculino no es un mero depredador sexual; es un ser que encarna la masculinidad fracturada, atrapada entre la necesidad de dominar y la incapacidad de asumir plenamente sus impulsos, un reflejo oscuro de la crisis emocional y social de su tiempo. Su sexualidad es antisocial, desvinculada de la procreación, desbordante y simultáneamente contenida, una manifestación de lo prohibido que aterroriza y fascina.
En el próximo expediente hablaremos de cómo las vampiresas, en contraste, asumieron un rol activo y subversivo, explorando el deseo y desafiando las normas sociales de manera directa, estableciendo la otredad femenina como fuerza transformadora dentro del universo vampírico.
Recopilación
El PELADO Investiga
# EXPEDIENTE 128