
Nació envuelta en símbolos antes de aprender a hablar. Su vida comenzó bajo luces artificiales, cámaras expectantes y rituales que no dejaban lugar a la inocencia. Desde muy pequeña fue convertida en imagen, en emblema, en un objeto ceremonial al que otros atribuían significados que ella aún no podía comprender. Aquella infancia no estuvo marcada por juegos ni refugios, sino por miradas ajenas, murmullos morbosos y una sensación persistente de estar siendo observada por algo que no podía nombrar. Creció sabiendo que el mundo la miraba como una criatura extraña, casi maldita, y esa marca temprana se convirtió en una sombra que la acompañaría durante décadas.
Mientras otros niños aprendían límites y afectos, ella aprendía discursos, gestos públicos y la coreografía de la provocación. Fue educada en un entorno donde lo prohibido era celebrado y lo sagrado se invertía hasta volverse grotesco. Su adolescencia no fue una transición, sino una exposición. Prensa sensacionalista, fotografías incómodas y palabras ajenas construyeron una imagen que nunca eligió. Su cuerpo y su voz fueron utilizados como herramientas de choque cultural, y muy pronto entendió que su identidad no le pertenecía del todo. Era un rostro útil para alimentar el escándalo y el miedo colectivo.
Con los años, esa niña convertida en símbolo se transformó en una joven que hablaba frente a cámaras con una serenidad inquietante. En plena época de paranoia social, cuando el pánico se filtraba en hogares y noticieros, su figura apareció como portavoz de lo innombrable. Defendía, explicaba, negaba acusaciones que rozaban lo delirante, mientras el país entero buscaba culpables invisibles. Ella respondía con firmeza, pero por dentro algo se resquebrajaba. Cada entrevista era una batalla, cada aparición pública un descenso a un territorio donde la verdad parecía irrelevante frente al miedo.
Durante esos años, convivió con amenazas, acusaciones veladas y un clima de hostilidad constante. No hablaba solo para convencer, sino para sobrevivir. Con el tiempo comprendió que estaba sosteniendo una estructura que ya no creía, defendiendo una filosofía que comenzaba a resultarle vacía y cruel. Descubrió que muchas de las historias que habían moldeado su vida eran artificios, relatos inflados, verdades a medias repetidas hasta convertirse en dogma. El desencanto no llegó de golpe, sino como una infección lenta que fue corroyendo sus certezas.
El quiebre fue profundo y doloroso. Cortó lazos familiares, abandonó el apellido que la había condenado desde la cuna y decidió desaparecer de ese mundo que la había moldeado a la fuerza. Cambiar de nombre fue un acto de supervivencia. Dejó atrás títulos, jerarquías y toda forma de reconocimiento que no hubiera elegido conscientemente. Fue un exilio voluntario, pero también una huida. Detrás quedaban resentimientos, traiciones y una sensación persistente de haber sido utilizada desde el primer día.
Con los años, su historia personal la llevó a acompañar a otros. Creó espacios de contención para quienes habían sufrido abusos dentro de organizaciones cerradas, estructuras pseudorreligiosas o entornos familiares destructivos. No hablaba desde la teoría, sino desde la experiencia. Sabía reconocer el miedo en los otros porque había convivido con él desde la infancia. Su trabajo se centró en la sanación, en la reconstrucción de identidades dañadas y en la posibilidad de renacer después del derrumbe.
Su vida no puede leerse como una sucesión de afiliaciones espirituales, sino como una travesía oscura hacia la autonomía. Fue niña ritual, vocera del miedo, exiliada de su propio nombre y finalmente arquitecta de un camino propio. Su biografía está hecha de rupturas, silencios y decisiones extremas. No hay redención fácil ni moraleja cómoda. Solo la historia de alguien que descendió a los márgenes más perturbadores de la fe, el poder y la identidad, y logró salir con una voz distinta.
Zeena se crio dentro de la Iglesia de Satán y saltó a la fama internacional desde temprana edad como portavoz de la organización, defendiendo a la Iglesia durante la década de 1980. Renunció a su cargo en 1990, rompió los lazos con su padre y renunció al satanismo laveyano. Su camino religioso finalmente la llevó a enseñar el budismo tántrico tibetano.
Recopilación
El PELADO Investiga
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