
Las Arpías de la mitología griega son criaturas que desafían toda tentativa de descripción unívoca. Su forma varía según el relato: a veces se presentan con cuerpo de ave y cabeza de mujer, otras con busto humano cubierto de plumas, garras afiladas y alas que baten más rápido que el viento. Desde su aparición en los textos antiguos, han sido símbolos de fuerzas incontrolables, de vientos que arrasan y de presencias que irrumpen sin previo aviso en el mundo de los mortales.
Hijas de la ninfa Electra y de Taumas, cuyo nombre significa “milagro”, las Arpías establecieron su morada en las islas Estrófadas, aunque de manera intermitente. Allí, entre rocas escarpadas y cielos siempre grises, ejercían sus funciones: primero como arrebatadoras de almas destinadas al Hades y luego como ejecutoras de venganzas enviadas por los dioses. Sus nombres, reveladores de su carácter, dan cuenta de su esencia: Aelo, vuelo tempestuoso; Ocípete, viento veloz; y Celeno, la oscura, cuya crueldad se intensificó en la interpretación romana. Cada nombre es un presagio, una advertencia de la violencia que acompaña a su paso.
Su número también es objeto de disputa. Hesíodo habla de dos, otros autores de tres, ocho, nueve e incluso doce. La versión más conocida centra la atención en tres, aunque la tradición menciona otras figuras notables, como Podarge, madre de los caballos inmortales de Aquiles tras un encuentro con Céfiro. En este crisol de relatos, las Arpías son tanto fuerza de la naturaleza como presencia sobrenatural que vincula lo mortal con lo divino.
Hesíodo las describe como aves veloces, con cabelleras ondulantes y figuras que desafían la lógica de la anatomía humana. Virgilio aporta una visión más perturbadora: aves con cabezas de mujer, garras curvas y vientres que exhalan vapores nauseabundos, siempre hambrientas y demacradas, incapaces de saciar un apetito que parece brotar de su propia naturaleza. Todo lo devoran, y al hacerlo emiten chillidos que estremecen la tierra y el aire, dejando tras de sí un rastro de miedo y asco. La palabra que les da nombre, significa “las que raptan”, o simplemente “arrebatadoras”, y resume su esencia: el robo, el saqueo, la destrucción que va más allá de la mera violencia física, un ataque que desestabiliza y degrada.
En su primer papel, estas criaturas cumplían una función ordenada por los dioses: separar las almas de los cuerpos en tránsito hacia el inframundo. Sin embargo, el designio divino es imprevisible y pronto se desvió hacia la crueldad más mundana. Se hicieron famosas por atormentar a Fineo, rey de Tracia, quien poseía el don de la profecía. Privado de la vista por los dioses, el soberano se vio condenado a un hambre constante, sus alimentos arrebatados por las Arpías, que dejaban sus excrementos en su lugar. La desesperación y el horror marcaron cada comida, cada instante de su existencia, hasta que la astucia humana, en la forma de Jasón y sus argonautas, logró ahuyentarlas temporalmente.
Las Arpías no se limitan a la tragedia; “La Eneida” narra su encuentro con los sobrevivientes troyanos en las Estrófadas, un episodio a la vez brutal y grotesco. Arrebatan la comida de los hombres, maldicen su destino con voces que parecen arrastrar tormentas, y desaparecen en el aire, dejando una sensación de hambre y desesperación que amenaza con volverse caníbal.
Con el tiempo, trascendieron la mitología para convertirse en un símbolo cultural. Se transformaron en la figura de la mujer indomable, de carácter difícil, incontrolable y, según algunos, implacable frente al deseo masculino de sumisión. Estudios modernos, con más intención que rigor, las vinculan incluso al matrimonio, sugiriendo que representan la resistencia femenina a la domesticación y al control. La observación, aunque polémica, refuerza un principio esencial: las Arpías no perdonan. Una ofensa, por menor que sea, queda grabada en su memoria y regresa con el poder del viento y el hambre que las caracteriza.
Las Arpías son, al final, símbolos del poder que escapa a todo control, de la venganza que no conoce límites y del terror que se instala en la mente antes que en el cuerpo. Su imagen continúa estremeciendo, una y otra vez, porque representan aquello que, aunque no se vea, siempre acecha: la arrebatadora fuerza de lo imprevisible.
Recopilación
El PELADO Investiga
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