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Retomando el material analizado en el expediente anterior, el foco se desplaza ahora hacia un territorio más inquietante y resbaladizo: la arquitectura teológico-espiritual del demonio y su persistente intromisión en el cuerpo, el deseo y la sexualidad humana.
La demonología cristiana se presenta como un saber fragmentado, disperso entre escrituras sagradas, comentarios patrísticos, intuiciones teológicas y temores colectivos. Existen menciones claras a la existencia del demonio en los textos bíblicos, y más tarde, hacia el final de la Edad Media, aparecen intentos de ordenamiento intelectual, como la angelología desarrollada por Tomás de Aquino.
También se encuentran referencias en los Padres de la Iglesia, especialmente en Agustín de Hipona, pero no hay un sistema cerrado, exhaustivo y definitivo que describa con precisión la naturaleza de los demonios, su psicología, su modo de operar y, sobre todo, su influencia en la mente y el cuerpo humano después de la expulsión del Paraíso.
De ese corpus incompleto surge una imagen perturbadora. Una figura que actúa en los márgenes, que se infiltra en los espacios más íntimos de la experiencia humana y que parece encontrar en la sexualidad un campo privilegiado de intervención. Allí emerge una constante incómoda: la reiterada asociación entre lo demoníaco, lo femenino y el deseo.
En ese marco aparece la figura del íncubo, descrito como un demonio cuyo propósito es establecer contacto sexual con humanos, preferentemente mujeres. No se trata de una obsesión arbitraria, sino de una estrategia: el control del deseo como vía de fractura del orden moral.
El Libro de Tobías ofrece una de las escenas más inquietantes de esta lógica. En él se funda la doctrina cristiana sobre el auxilio divino dentro del matrimonio, mediado por la figura del arcángel. Pero también se expone, de manera brutal, la interferencia demoníaca en el lecho conyugal. Sara, una mujer sin atributos extraordinarios, ve morir a siete esposos consecutivos en el instante exacto de la consumación matrimonial.
Siete uniones frustradas, siete muertes en el umbral del acto sexual. En la simbología bíblica, el número no es casual: indica plenitud, insistencia, gravedad.
El demonio que actúa es Asmodeo. Para algunos teólogos medievales, no se trata de una entidad menor, sino de una manifestación del propio Lucifer, un ángel de extraordinaria luminosidad antes de la caída. Fue llamado Príncipe de los demonios, una jerarquía que sugiere inteligencia, cálculo y propósito. La pregunta resulta inevitable: ¿qué interés puede tener una entidad de ese rango en impedir, una y otra vez, la unión de una mujer común?
La respuesta parece estar menos en Sara que en lo que ella representa. El matrimonio, entendido como síntesis entre amor y sexualidad, aparece como un punto de equilibrio que el demonio necesita quebrar. La muerte de los esposos ocurre siempre en el mismo instante: cuando el deseo se encarna, cuando el cuerpo consuma lo que el amor promete. El terror no está en la muerte en sí, sino en la repetición, en la certeza de que el acto sexual conduce inevitablemente a la destrucción.
Cuando Tobías acepta casarse con Sara, el miedo ya forma parte del ritual. El ángel que lo acompaña no niega la presencia del demonio. La confirma. Y más aún: le enseña un procedimiento preciso para ahuyentarlo. El mal no es negado, es enfrentado mediante una liturgia.
Según el relato bíblico (Tobías 6–8, ss.), durante la noche de bodas el ángel instruye a Tobías para que realice un ritual con el corazón y el hígado del pez que habían capturado, encendiendo un humo que obligó a Asmodeo a huir hacia los confines del desierto. La narración detalla cómo esta acción permitió que Tobías y Sara consumaran su matrimonio sin que ella sufriera daño, dejando constancia de la intervención divina frente a la acción demoníaca y sellando la primera unión que no termina en muerte.
El relato culmina de manera inquietante y, al mismo tiempo, luminosa: el acto sexual no es eliminado, sino reintegrado al amor. El texto insiste en que Tobías la amó intensamente, sellando una unidad que en otros períodos históricos sería fragmentada.
En esta narración subyace una tesis poderosa: el propósito demoníaco no es el placer, sino la división. Separar el deseo del amor, el cuerpo del sentido, la sexualidad de su dimensión espiritual. No es casual que la palabra diablo signifique precisamente eso: el que divide.
Durante siglos, alimentó el imaginario cristiano. La idea de que el contacto sexual podía ser mortal, pero también la intuición de que solo la unión amorosa podía redimirlo. La mujer, en ese esquema, no es demoníaca por naturaleza, pero su sexualidad se convierte en un campo de batalla moral. No hay una condena ontológica de lo femenino, sino una vigilancia constante sobre el lugar del deseo.
Tomás de Aquino introduce un matiz inquietante: los demonios no son maldad pura. Actúan movidos por dos impulsos. Uno, nacido de su voluntad caída, inevitablemente perverso. Otro, derivado de su naturaleza creada por Dios, que conserva aspectos buenos. Pueden creer, temer a Dios, desear el ser, la vida, el entendimiento. No están completamente anclados al mal.
Justamente por eso su acción resulta más peligrosa. No destruyen de frente: corrompen. No niegan el deseo: lo separan de su sentido. En el ámbito de la sexualidad, esa operación alcanza su máxima eficacia. La pregunta final queda abierta, suspendida como una amenaza persistente: ¿existe realmente una mayor vulnerabilidad femenina a la acción demoníaca, o es esa creencia el resultado de siglos de miedo, control y simbolización del cuerpo?
Recopilación
El PELADO Investiga
# EXPEDIENTE 128