ESCUCHA EL #EXPEDIENTE Nº 126 | 23.01.2026

LOS VAMPIROS OLVIDADOS


Mucho antes de que Bram Stoker imaginara al conde Drácula, antes incluso de que la palabra “vampiro” tuviera forma literaria, Europa ya temía a los muertos que no querían quedarse quietos. En aldeas de Irlanda y Alemania circulaban historias susurradas sobre cuerpos que regresaban de la tumba, hambrientos, confusos, rabiosos de seguir sintiendo el pulso de la vida. No eran seductores ni inmortales elegantes. Eran cadáveres obstinados, residuos del alma humana incapaces de aceptar la oscuridad definitiva.

El primero tiene nombre: “Abhartach”, el tirano irlandés. Su historia comienza en un valle remoto, bajo cielos grises y campos que nunca parecían florecer del todo. Era un señor pequeño de estatura, pero enorme en crueldad. Gobernaba con miedo, castigaba a quien osara mirarlo a los ojos. Nadie lloró cuando cayó muerto a manos de un rival. Lo enterraron en una fosa profunda, sellada con piedras, y creyeron haber terminado con él. Pero a la mañana siguiente, su cuerpo ya no estaba donde debía.

El aldeano que lo encontró se volvió loco. Juró que había vuelto, pálido como la ceniza, pidiendo sangre. Sangre, no agua, no vino. Lo mataron otra vez. Lo enterraron otra vez. Y volvió. Una y otra vez. Hasta que un sabio druida explicó que aquel ser no debía ser considerado humano ni muerto: era un “bebedor de sangre”. La única forma de detenerlo, decía la ley, era clavarle una espada de tejo, enterrarlo cabeza abajo y cubrir la tumba con una piedra gigante. El árbol del tejo era símbolo de la muerte y del renacimiento; al usarlo contra él, el pueblo estaba negándole el ciclo, sellando la ruptura entre mundos.

Hoy, bajo los cimientos de una iglesia olvidada en Derry, se dice que esa piedra sigue allí. Nadie la mueve. Nadie se atreve.

El vampiro encarna el miedo más antiguo de la humanidad: que la muerte no sea final. Que el poder, la avaricia o el odio puedan retener el alma en el cuerpo y convertirla en algo peor que la tumba: una existencia sin propósito, un hambre sin saciedad. En su figura no hay romanticismo, no hay castillo ni capa. Hay solo la certeza de que algo se arrastra por debajo de la tierra, soñando con seguir mandando, seguir devorando, seguir sintiendo.

Cientos de kilómetros al este, en los bosques húmedos de Alemania, otra historia toma forma. Allí lo llaman “Nachzehrer”. Su nombre significa “el que devora después”. Se dice que cuando alguien moría de forma violenta, o sin los rituales adecuados, su espíritu quedaba atrapado en el cuerpo. Entonces el cadáver comenzaba a comerse a sí mismo dentro del ataúd. Primero el sudario, luego su propia carne. Y con cada bocado, robaba fuerza vital de sus familiares vivos.

Los campesinos contaban que, si un miembro de la familia caía enfermo sin causa aparente después de un entierro, debían desenterrar al muerto. Si encontraban el cuerpo fresco, con la boca manchada, el sudario rasgado o el pecho inflado de aire, sabían que, “el que devora después” estaba en su casa. La única solución era decapitarlo y ponerle una piedra en la boca, para que dejara de devorar.

A diferencia de los vampiros eslavos, no buscaba placer en la sangre. Su hambre era un reflejo de culpa, un ciclo de autodestrucción. Devora porque no puede aceptar su propia muerte. Succiona vida de los vivos sin quererlo, porque no entiende que ya no pertenece aquí. Es el espíritu del remordimiento, del cuerpo que no entiende que debe desaparecer.

En ambos mitos, la sangre no es símbolo de deseo, sino de vínculo. Lo que los vivos y los muertos comparten, lo que no puede romperse. El primero que mencionamos, el vampiro irlandés, bebe sangre para mantener su dominio; el vampiro alemán, la roba sin saberlo, porque su culpa lo ata a los suyos. Los dos representan formas distintas del mismo terror: el alma que se aferra al cuerpo y arrastra consigo a quienes ama o teme.

Cuando Stoker escribió Drácula, Irlanda ya conocía la historia. Algunos estudiosos creen que el escritor, nacido en Dublín, escuchó el mito en su infancia. Pero lo transformó: donde antes había un espectro grotesco, él creó un aristócrata inmortal; donde antes había una maldición rural, él inventó una tragedia moderna. Convirtió el terror campesino en literatura. Sin embargo, el corazón del mito sigue latiendo en la oscuridad: la sangre como memoria, como castigo, como frontera entre lo que somos y lo que dejamos de ser.

Así, cuando escuchamos la palabra “vampiro”, pensamos en el colmillo y en el beso, pero lo que realmente nos aterra es otra cosa. Es la idea de que la muerte no nos libera, que nuestra propia esencia podría rebelarse contra el olvido y exigir seguir viviendo, aunque eso signifique devorarlo todo.

El vampiro irlandés duerme bajo su piedra. El vampiro alemán, sigue masticando su sudario en alguna tumba húmeda. No necesitan castillos ni murciélagos. Solo la oscuridad, el silencio y el miedo del que pasa cerca y cree escuchar algo moviéndose bajo tierra.

Recopilación
El PELADO Investiga
# EXPEDIENTE 117

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