ESCUCHA EL #EXPEDIENTE Nº 125 | 16.01.2026

EL ERROR QUE CREÓ AL DIABLO (Parte 2)


En la primera parte vimos cómo muchos demonios surgieron no como enemigos primordiales, sino como restos de antiguas deidades desplazadas por nuevos sistemas religiosos. Pero ese proceso no se detuvo en el lenguaje. Continuó en los mitos, en el arte y en la forma en que las culturas comenzaron a pensar el bien y el mal.

Las antiguas divinidades no eran moralmente puras. Ayudaban y destruían con la misma naturalidad. El rayo podía fertilizar la tierra o arrasarla. El sol daba vida, pero también quemaba. Por eso, las primeras religiones no separaban con claridad lo benévolo de lo peligroso. Ambas cosas convivían en una misma figura. El miedo y la devoción eran inseparables.

Cuando la humanidad comenzó a desarrollar una ética más definida, surgió la necesidad de separar esas fuerzas. El bien debía ser limpio, justo y previsible. El mal, en cambio, necesitaba un rostro propio. Así nació la figura del Diablo como principio absoluto del mal. Antes de eso, solo existían demonios sin moral, fuerzas nocivas, pero no perversas.

Este cambio implicó una reescritura masiva de los mitos. Deidades antiguas fueron fragmentadas. Sus aspectos luminosos se conservaron en los nuevos dioses. Sus facetas oscuras fueron expulsadas y convertidas en demonios. El resultado fue una cosmología más ordenada, pero también más rígida.

El arte desempeñó un papel central en esta degradación. No bastaba con decir que los antiguos dioses eran falsos o peligrosos. Había que mostrarlos como repulsivos. Rasgos animales, deformidades, colores oscuros y gestos grotescos reemplazaron a la belleza original. La intención era clara: romper el vínculo emocional entre los pueblos y sus antiguas deidades.

Aun así, la memoria persistió. Muchas comunidades continuaron venerando en secreto a sus viejos dioses, ahora llamados demonios. Los nuevos credos no negaron su existencia. Simplemente los rebautizaron. Fue una estrategia eficaz. Negar habría generado resistencia. Aceptar, pero demonizar, permitió absorber las creencias previas sin destruirlas del todo.

Con el tiempo, el Diablo se convirtió en un depósito simbólico. Todas las desgracias, miedos y culpas fueron acumulándose en su figura. Cuernos, pezuñas, alas, colas, fuego. Cada cultura aportó sus monstruos. El resultado fue una entidad imposible, contradictoria, pero profundamente humana.

Paradójicamente, esta figura resultó necesaria. Un Dios absolutamente bueno requería un antagonista que explicara el sufrimiento. El Diablo asumió ese rol. No como rival real, sino como ejecutor. Un fiscal cósmico que acusa, prueba y castiga. En textos antiguos aparece incluso como parte del séquito divino, cumpliendo funciones incómodas pero necesarias.

Con el paso de los siglos, esa función se corrompió. El acusador se volvió calumniador. El vigilante, instigador. Y así, el antiguo servidor terminó convertido en enemigo. No por rebelión, sino por exceso de celo.

La historia de los demonios es, en el fondo, la historia de cómo el ser humano aprendió a separar lo que antes estaba unido. Luz y sombra. Orden y caos. Dios y Diablo. Pero esa separación nunca fue perfecta. Por eso, todavía hoy, los demonios conservan algo de su antiguo esplendor. Y los dioses, en silencio, siguen proyectando sombra.

Recopilación
El PELADO Investiga
# EXPEDIENTE 125

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