
La inclinación a criticar está tan arraigada en la conducta humana que a menudo pasa desapercibida en su impacto destructivo. No se trata solo de emitir juicios superficiales, sino de un mecanismo interior que puede corroer relaciones, autoestima y bienestar emocional. En su forma más simple, criticar es señalar defectos ajenos, señalarlos como si fueran letreros luminosos que destacan lo que está mal. Es un comentario que puede nacer casi sin voluntad, como una respuesta automática, una reacción que actúa antes de que la conciencia pueda intervenir.
Ese impulso crítico aparece primero en ámbitos de ocio y consumo. Frente a una pantalla, muchos se sienten autorizados a juzgar comportamientos ajenos con absoluta franqueza. Noticias, reality shows o programas de debate activan el juicio del espectador como una respuesta casi visceral. No importa quién aparezca en la escena; lo relevante para el crítico es recalcar lo que está mal, reforzar la idea de que él mismo está en un lugar superior. Esa función desde la tribuna no solo entretiene, sino que legitima una sensación de superioridad que en realidad es engañosa.
Pero el fenómeno no se limita a la televisión. En las interacciones cotidianas, la crítica se convierte en la moneda corriente que muchos utilizan para relacionarse. Entre parejas, amigos o familiares, las expresiones de reproche y desaprobación emergen con rapidez, a menudo sin filtro ni reflexión. Ese señalamiento constante se sostiene en la ilusión de que el juicio externo es una herramienta válida para corregir o mejorar al otro, cuando en realidad lo que produce es separación y resentimiento.
El problema profundo de esta dinámica es que suele ignorarse la propia participación en los patrones criticados. Lo que nos molesta en otros frecuentemente tiene una resonancia interna: puede ser un comportamiento que nosotros mismos hemos manifestado, o una vulnerabilidad que preferimos no reconocer. La psicología describe esto como proyección, un mecanismo mediante el cual aquello que nos resulta intolerable en nosotros mismos se atribuye a otro. Así, la crítica externa se vuelve un espejo distorsionado de nuestras propias fallas no reconocidas.
Ciertamente, existe un placer inicial en censurar a otros. El ego se regocija brevemente cuando percibe que está por encima, juzgando y clasificando a quienes parecen flaquear. Sin embargo, ese placer es efímero y cuesta emocionalmente. La crítica intensa puede desencadenar tensión interna: el ritmo cardíaco aumenta, la producción de hormonas del estrés se dispara, y la mente queda atrapada en un bucle de evaluación negativa. En última instancia, el crítico puede sentirse peor después de emitir su juicio que antes de hacerlo.
Surge entonces la pregunta: ¿por qué persistimos en esta práctica si sabemos que nos daña? La respuesta radica en la tentación misma de la crítica: la ilusión de control y superioridad momentánea. La mente busca aferrarse a certezas, y juzgar a otro ofrece una falsa sensación de claridad moral. Pero este hábito está estrechamente ligado a la autoestima y al concepto de identidad. Las personas con una autoestima frágil encuentran en la crítica un recurso para construir una fachada de competencia y suficiencia, como si destacar los defectos ajenos compensara las inseguridades internas.
En contraste, quienes han desarrollado una solidez emocional más profunda suelen criticar menos. No significa que desaparezca la percepción de fallas en otros, sino que se privilegia una mirada más equilibrada, donde la observación no se convierte en condena. Estas personas son capaces de reconocer cualidades positivas en los demás y en sí mismas, sin necesidad de disminuir al otro para sentirse bien. Esta capacidad de observar sin juzgar es una forma de empatía, de apertura y comprensión que transforma las relaciones humanas.
Cuando se presta atención a la crítica propia, emergen tres aspectos interrelacionados que pueden ser reveladores. Primero, observar cómo reacciona el cuerpo en el momento de criticar muestra cómo esta práctica no es solo mental sino también somática, afectando el estado general del organismo. Segundo, identificar la conexión entre el reproche y la propia experiencia interna puede revelar patrones de proyección que hasta entonces habían permanecido ocultos. Y tercero, cuestionar la finalidad detrás de la crítica: ¿busca realmente mejorar una situación o simplemente dañar la imagen del otro?
Si se logra abordar estas cuestiones con honestidad, los beneficios pueden ser sustanciales. La crítica deja de ser un arma y se convierte en un impulso consciente de mejora y comprensión, transformando la comunicación en una herramienta de crecimiento en lugar de conflicto.
En este contexto espiritual y ético, existen enseñanzas que invitan a revisar nuestra postura frente al juicio. En el evangelio según San Mateo, se encuentra una advertencia que resume esta reflexión con una claridad inquietante: “No juzguen, para no ser juzgados. Porque con el criterio con que ustedes juzguen se los juzgará, y la medida con que midan se usará para ustedes” (Mateo 7,1-2)
Este pasaje no solo condena el acto de juzgar, sino que también muestra la reciprocidad que habitualmente ignoramos. Juzgar a otros con dureza atrae hacia uno mismo una evaluación igual de implacable. Reconocer esto es el primer paso para transformar no solo la forma en que hablamos de los demás, sino también la manera en que nos relacionamos con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea.
Recopilación
El PELADO Investiga
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