
A lo largo de los siglos, cuando se habla de posesión demoníaca, el rostro que emerge con mayor frecuencia es femenino. Los archivos religiosos, los testimonios médicos, las crónicas judiciales y los relatos populares coinciden en un patrón inquietante: en la mayoría de los casos documentados, el cuerpo que se retuerce, la voz que se distorsiona y la mirada que se vuelve ajena pertenecen a una mujer. La pregunta no es solo por qué ocurre, sino por qué esa imagen se repite con una insistencia casi ritual en distintas épocas y culturas.
En la Europa medieval y moderna, los registros eclesiásticos describen brotes de posesiones colectivas en conventos, aldeas y comunidades cerradas. Monjas jóvenes caían en estados de convulsión, gritaban obscenidades en lenguas desconocidas, afirmaban ser habitadas por entidades que blasfemaban contra lo sagrado. Los exorcismos se multiplicaban. Los cronistas hablaban de cuerpos femeninos que parecían campos de batalla entre lo divino y lo infernal. En ciertos episodios, decenas de mujeres presentaban síntomas simultáneos, como si una fuerza invisible se propagara entre ellas.
El contexto social de estas épocas resulta crucial. Las mujeres vivían sometidas a estructuras rígidas de control moral y religioso. Su sexualidad era vigilada, su voz restringida, su autonomía prácticamente inexistente. En ese entorno, cualquier comportamiento que desafiara las normas podía interpretarse como influencia demoníaca. La posesión ofrecía un marco comprensible para explicar la rebeldía, el deseo reprimido o la angustia profunda. En algunos casos, también brindaba una forma paradójica de expresión: a través del “demonio”, la mujer podía decir lo que su propia voz tenía prohibido.
En el siglo XV, textos demonológicos como el “Martillo de las brujas” consolidaron una visión específica: la mujer era considerada más vulnerable a la influencia demoníaca. Se argumentaba que su supuesta debilidad espiritual, su emocionalidad intensa y su relación con el cuerpo la convertían en un recipiente más permeable para fuerzas malignas. Estas ideas no solo reflejaban prejuicios culturales, sino que contribuyeron a construir un imaginario donde lo femenino se asociaba con lo peligroso, lo incontrolable y lo tentador. La posesión se volvió, así, un escenario donde se proyectaban miedos colectivos sobre el cuerpo femenino.
Sin embargo, la explicación no se limita a la religión. A partir del siglo XIX, la medicina comenzó a estudiar fenómenos similares bajo otros nombres: histeria, disociación, trastornos de conversión. En hospitales y clínicas, mujeres jóvenes presentaban síntomas extraños: parálisis sin causa física, cambios de voz, episodios de trance, identidades alternas. Algunos médicos interpretaron estos estados como manifestaciones del inconsciente, respuestas del cuerpo a traumas o tensiones imposibles de expresar abiertamente. La posesión, desde esta perspectiva, sería una forma culturalmente codificada de crisis psicológica.
Aun así, la frontera entre lo clínico y lo espiritual nunca se volvió nítida. En comunidades profundamente religiosas, los síntomas se interpretan según el marco simbólico disponible. Una mujer que experimenta disociación puede ser vista como poseída; una que vive en un entorno secular podría recibir un diagnóstico psiquiátrico. El fenómeno adopta la forma que la cultura permite comprender. Pero el patrón persiste: la mayoría de los casos sigue involucrando a mujeres.
Los testimonios de exorcistas contemporáneos refuerzan esta percepción. Sacerdotes y ministros de distintas tradiciones relatan que, aunque también atienden a hombres, las solicitudes de exorcismo provienen mayoritariamente de mujeres jóvenes. Describen cambios abruptos de personalidad, voces graves emergiendo de gargantas delicadas, fuerza física desproporcionada. Algunos insisten en que no se trata de enfermedad mental, sino de infestaciones espirituales. Otros admiten que la línea es difusa, pero sostienen que ciertos casos presentan características que desafían toda explicación médica.
Las teorías modernas exploran múltiples factores. Algunos investigadores señalan la relación entre trauma y posesión percibida. Historiales de abuso, represión emocional o entornos opresivos pueden generar estados disociativos intensos. En contextos donde la espiritualidad domina la interpretación del sufrimiento, esos estados se traducen en narrativas de invasión demoníaca. Otros sugieren que la posesión funciona como un lenguaje simbólico para expresar conflictos internos que no encuentran otra salida.
Sin embargo, existe una dimensión más inquietante. En numerosos relatos, las mujeres poseídas describen la sensación de ser observadas desde dentro, como si una conciencia ajena se deslizara bajo su piel. Hablan de presencias que susurran, de sueños donde algo intenta entrar en su cuerpo, de momentos en los que sienten que su identidad se diluye. Estas experiencias, reales o no, generan un terror profundo: la pérdida de control sobre la propia voluntad. En sociedades donde el cuerpo femenino ha sido históricamente regulado y vigilado, esa sensación adquiere una resonancia particular.
Al final, la pregunta permanece suspendida en una zona inquietante. ¿Son las mujeres más propensas a ser poseídas, o son más propensas a ser interpretadas como poseídas? ¿Se trata de entidades externas, de fracturas internas o de una interacción compleja entre ambas? Cada caso parece abrir una grieta distinta en la comprensión de la mente humana.
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El PELADO Investiga
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