ESCUCHA EL #EXPEDIENTE Nº 130 | 20.02.2026

AGÜEYAMIENTO, EL MAL INVISIBLE (PARTE 2)


Continuando con el expediente de la semana pasada, aquella concluyó con una reflexión inquietante: el agüeyamiento no es solo una creencia sobre la enfermedad. Es una forma de leer el mundo. Un recordatorio de que no todo lo que daña es visible. De que las relaciones humanas también enferman.

El agüeyamiento, tal como todavía lo entienden muchos en los valles y montañas de Asturias, se atribuye sobre todo a brujas o a mujeres con miradas cargadas de envidia, capaces de causar males solo con el peso de su observación. Personas aparentemente normales se transforman, en la mirada de quienes creen, en agentes de una fuerza que corrompe lentamente la salud o la prosperidad de otra persona o de los animales domésticos del hogar. Esa mirada, centelleante y penetrante, no es una metáfora; es un arma invisible que puede paralizar, enfermar e incluso matar, según el imaginario tradicional. Esta forma de miedo explica por qué los niños o jóvenes saludables eran considerados especialmente vulnerables, como si la sola vitalidad pudiese atraer la atención negativa de envidiosos dotados de poder maléfico.

La historia no se detiene ahí, porque transciende la mera superstición para formar sistemas rituales complejos de protección. El amuleto más típico y sin duda el más emblemático en la memoria colectiva asturiana es la “cigua de azabache”: una pequeña representación de un puño cerrado con el pulgar entre los dedos índice y medio. Este objeto, tradicionalmente colgado del cuello de los niños o mujeres, no solo simboliza defensa, sino que encarna una ancestral lógica protectora basada en miradas y fuerzas invisibles que todavía resuenan en las costumbres del norte de España.

Se creía que la cigua no solo desviaba el mal, sino que absorbía su impacto. Si el amuleto se rompía sin motivo aparente, no era una casualidad: se interpretaba como señal de que había cumplido su papel, protegiendo al portador de una desgracia más profunda. Este mecanismo de protección refleja la manera en que las comunidades tradicionales transforman la ansiedad social en objetos concretos, otorgándoles una fisicalidad que puede tocarse, colgarse o sustituirse.

Más allá de amuletos, cuando la creencia sostenía que el daño ya se había consumado —cuando la persona caía en mala salud, cuando el estado de ánimo se deterioraba inexplicablemente o cuando los animales del establo parecían languidecer—, se recurría a un procedimiento conocido como “pasar el agua”. Este rito, lejos de ser una simple ceremonia mágica, es un proceso que combina elementos religiosos, filosóficos y esotéricos. El agua de la víctima se hace correr sobre un disco de asta de ciervo llamado alicornio, mientras se pronuncian oraciones y conjuros. Al final, esa misma agua es consumida por quien se cree afectado, con la esperanza de expulsar el mal que ha entrado en su cuerpo.

La persistencia de estas prácticas no es un vestigio arqueológico relegado al pasado, sino una realidad que aún subsiste en la memoria social. Algunas personas, incluso hoy, recurren a curanderos y hechiceras que realizan el desagüeyamiento con la seriedad de una medicina alternativa antigua, mientras otros portan la cigua de azabache como símbolo de protección cotidiana. El miedo —aunque no siempre articulado como temor literal a un ente invisible— sigue vivo en la sensación de que la mirada de otro puede dañar, que las fuerzas imperceptibles del odio o la envidia se alojan en los ojos y se proyectan hacia el mundo.

Este conjunto de creencias no es exclusivo de Asturias ni de España, pero en su tierra adopta matices únicos. El mal de ojo aparece en culturas de todo el planeta, desde Mesopotamia hasta la actualidad, interpretado siempre como el poder de la mirada para influir en la suerte, la salud y el destino. Esta creencia global establece un paralelismo inquietante: en todos los pueblos que la aceptan, el mal de ojo se convierte en una metáfora de la envidia y la hostilidad humana, un miedo profundo que se traduce en rituales, amuletos, oraciones y descripciones de síntomas inexplicables.

El mal de ojo no necesita pruebas para existir. Le basta con ser creído. Y mientras haya quienes sientan que algo los mira desde la sombra, seguirá encontrando un lugar donde manifestarse.

Recopilación
El PELADO Investiga
# EXPEDIENTE 130

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