ESCUCHA EL #EXPEDIENTE Nº 129 | 13.02.2026

HAMBRE DE ETERNIDAD (Parte 2)


Vampiresas, deseo y subversión femenina

Según lo desarrollado en el expediente anterior, donde exploramos la masculinidad fracturada de los vampiros, las vampiresas emergen como figuras radicalmente autónomas, dueñas de su sexualidad y de su poder, desafiando los límites sociales que buscaban domesticarlas. Carmilla, de Sheridan Le Fanu, se presenta como ejemplo paradigmático: astuta, escurridiza y decidida, transita por caminos que la moral victoriana condenaba, ejerciendo su deseo sobre otras mujeres, explorando la diversidad sexual antes que cualquier héroe masculino.

Las vampiresas no imitan a sus compañeros varones; transforman la lógica del depredador. Su sexualidad es audaz, su control sobre la víctima absoluto y su autonomía inquebrantable. “La Novia de Corinto” de Goethe y “Clarimonda” de Gautier encarnan la mujer fatal, la hembra que se alimenta de los hombres y los reduce a su mínima expresión. Esta transición, de femme fatale a hematófaga, refleja la ansiedad social ante la liberación femenina: la mujer que ejerce deseo se convierte en criatura diabólica, una otredad temida por hombres y normas patriarcales.

El contexto del siglo XIX y del romanticismo proporcionó el terreno para que las vampiresas florecieran. La mujer dejaba de ser un simple “ángel del hogar” para convertirse en sujeto de deseo, autónoma y peligrosa. Mientras los vampiros masculinos se debilitaban, melancólicos y nostálgicos, las vampiresas ganaban fuerza y audacia. Su independencia reflejaba el despertar social femenino y el cuestionamiento a las jerarquías establecidas.

Carmilla, Lucy y Clarimonda ejercen su poder mediante la manipulación del deseo, explorando los límites del amor y la sexualidad sin necesidad de violencia física directa. La mordida, la seducción, el control psicológico: todo se convierte en un instrumento para afirmar la autonomía y desafiar las convenciones. La vampiresa es un símbolo de transgresión, un espejo de las ansiedades masculinas ante el empoderamiento femenino y un recordatorio de que el deseo no se somete ni se controla por la fuerza, sino por inteligencia y astucia.

El contraste con los vampiros masculinos es evidente: mientras ellos internalizan la melancolía y la nostalgia, ellas externalizan el deseo y la acción. El vampiro es víctima de sí mismo, la vampiresa es dueña de su destino. Esta polaridad define el universo gótico victoriano, donde la otredad femenina es tanto fascinación como amenaza.

El análisis sugiere que las vampiresas fueron pioneras en explorar la diversidad sexual y la autonomía en la literatura, incorporando elementos de poder, erotismo y subversión. Representan un cambio radical en la narrativa vampírica: ya no son meras sombras de la masculinidad, sino agentes activos de su propia historia, redefiniendo el miedo, el deseo y la transgresión.

Recopilación
El PELADO Investiga
# EXPEDIENTE 129

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