
A comienzos del siglo XX, cuando la electricidad aún parecía una forma domesticada de lo divino, una figura recorría auditorios y salones científicos provocando una fascinación que rozaba el miedo. Nikola Tesla no solo demostraba avances técnicos: los escenificaba. Chispas, descargas, corrientes invisibles atravesando su cuerpo sin matarlo. Para algunos era un genio. Para otros, un médium de fuerzas que nadie comprendía del todo.
En paralelo, otro nombre comenzaba a tomar forma en la mente de un escritor recluido en su propia sensibilidad extrema: Howard Phillips Lovecraft. Aislado, obsesivo, atento a los límites del conocimiento humano, desarrollaba una mitología donde los dioses no eran protectores, sino entidades indiferentes que utilizaban a la humanidad como herramienta o accidente. Entre ellos, uno destacaba por su cercanía inquietante: Nyarlathotep.
El origen de esa figura no fue una investigación ni una lectura, sino un sueño. Un episodio que Lovecraft describió como el más vívido y perturbador de su vida adulta. En esa experiencia, no era una criatura informe ni cósmica, sino algo peor: un hombre. Delgado, oscuro, elocuente. Un conferenciante que recorría ciudades mostrando experimentos que desafiaban la comprensión, combinando ciencia y espectáculo en una forma que hipnotizaba a las multitudes.
Ese detalle ha sido el núcleo de una teoría persistente. La figura soñada por Lovecraft guarda similitudes inquietantes con Tesla. No en un sentido literal, sino simbólico. Ambos aparecen como portadores de conocimiento avanzado, ambos utilizan la electricidad como lenguaje, ambos generan asombro y una incomodidad difícil de nombrar. Y, sobre todo, ambos parecen operar en un umbral donde la ciencia deja de ser explicable y comienza a parecer invocación.
En los relatos posteriores, no actúa como los otros dioses del panteón lovecraftiano. No permanece distante ni ajeno. Se acerca. Habla. Convence. Ofrece poder, conocimiento, visiones. Pero cada uno de esos dones tiene una consecuencia: la desintegración progresiva de la mente humana. No destruye directamente. Facilita. Abre puertas que deberían permanecer cerradas.
Algunos intérpretes han sugerido que Tesla, en este marco, podría haber funcionado como una proyección real de ese arquetipo. No porque Lovecraft creyera en una entidad literal encarnada en el inventor, sino porque reconocía en él una figura peligrosa: alguien capaz de acelerar el acceso humano a fuerzas que aún no estaban comprendidas. La electricidad, en su forma más pura, no era solo energía. Era una promesa de dominio… y una amenaza latente.
El contexto histórico refuerza esta lectura. Era una época donde los avances tecnológicos se sucedían con una velocidad inédita. La radio, la transmisión inalámbrica, los experimentos con alta tensión. Todo parecía indicar que el mundo estaba al borde de una transformación radical. Pero Lovecraft no veía en eso progreso, sino exposición. Cuanto más sabía el ser humano, más se acercaba a descubrir su propia insignificancia.
Los testimonios sobre las demostraciones públicas de Tesla describen una atmósfera cargada. No solo por la electricidad en el aire, sino por la sensación de estar presenciando algo que no debía ser comprendido tan fácilmente. Luces que surgían sin cables visibles, corrientes que recorrían el cuerpo sin daño aparente. Para una mente como la de Lovecraft, eso no era espectáculo: era una grieta.
No existe evidencia directa de que Lovecraft identificara conscientemente a Tesla con Nyarlathotep. La conexión es posterior, construida por quienes buscan patrones en los bordes del pensamiento. Y, aun así, la coincidencia persiste. Un hombre que muestra maravillas incomprensibles. Una multitud que lo sigue, fascinada y temerosa. Un conocimiento que no libera, sino que transforma.
La conclusión no es afirmativa, pero tampoco puede descartarse con facilidad. Tal vez Tesla no fue un dios, ni un emisario. Tal vez fue algo más inquietante: un ejemplo. La prueba de que la humanidad puede generar sus propios intermediarios, figuras que encarnan el avance sin comprender sus consecuencias.
Recopilación
El PELADO Investiga
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