ESCUCHA EL #EXPEDIENTE Nº 136 | 08.05.2026

NO VINO POR MÍ… ERA YO


Siempre supe que iba a llegar, no como una idea lejana ni como una posibilidad abstracta, sino como una certeza que crecía conmigo en silencio, esperando el momento exacto para revelarse. Esa noche no hizo falta verla, bastó con sentirla, con notar cómo el aire se volvía más pesado, más denso, como si algo invisible estuviera ocupando el espacio sin moverse, sin hacer ruido, simplemente estando. Entonces lo entendí sin palabras, sin lógica, con esa forma brutal en la que el cuerpo reconoce lo inevitable: estaba del otro lado de la puerta.

Al principio no hubo sonidos, solo una presión que se metía en el pecho, pero después llegaron los pasos, lejanos, arrastrados, cruzando la casa como si ya conocieran cada rincón, como si no fuera la primera vez. Las puertas comenzaron a abrirse una tras otra, lentamente, con ese crujido seco que parece partir el silencio, acercándose cada vez más hasta detenerse justo frente a mí. Yo permanecía sentado, inmóvil, rodeado de objetos que hasta ese momento había considerado importantes, pero que ahora no eran más que restos, pruebas inútiles de una vida que ya no tenía peso.

Entonces apareció la sombra bajo la puerta, oscura, compacta, perfectamente quieta, y con ella algo más, algo que no era solo miedo sino una mezcla incómoda de expectativa. Como si en el fondo hubiera estado esperando ese instante toda mi vida sin saberlo. Aun así, esperé el sonido del picaporte, el golpe, cualquier señal que confirmara lo evidente. Pero no ocurrió nada.

El tiempo comenzó a deformarse, a volverse espeso, lento, casi líquido, mientras la sombra permanecía ahí, sin moverse, como si no tuviera prisa, como si supiera que no la necesitaba. Me levanté, caminé sin rumbo, intentando escapar de una sensación que no se iba, pero fue inútil. Entonces comenzó algo peor: no un recuerdo, sino una invasión.

Errores que regresaban con una claridad insoportable, palabras dichas y no dichas, decisiones que no tenían defensa, todo al mismo tiempo, sin orden, sin pausa, como si alguien hubiera abierto algo dentro de mí que ya no podía cerrarse. No había forma de suavizarlo ni de justificarlo. Todo estaba ahí tal como era, desnudo, inevitable, obligándome a verlo, a aceptarlo, a cargarlo.

Me acerqué a la puerta porque la espera ya no era soportable. La incertidumbre era peor que cualquier final. Dije adelante con una voz que apenas reconocí como propia. Esperé. No pasó nada. Lo repetí más fuerte. Y entonces lo sentí.

No fue un sonido ni una voz, fue una certeza fría que me atravesó: no iba a entrar. No lo necesitaba.

Algo dentro de mí se quebró en ese instante. La espera dejó de tener sentido. Abrí un cajón, tomé un cuchillo viejo, oxidado, lo sostuve con fuerza como si pudiera devolverme algún tipo de control, y me acerqué a la puerta decidido a terminar con esa situación absurda. Si no iba a entrar, la iba a buscar.

Abrí de golpe.

Y lo que encontré no tenía sentido.

No había pasillo. No había oscuridad. No había nada de lo que esperaba. Era la misma habitación. Exactamente igual. Los mismos objetos. El mismo silencio. Y en la cama… alguien dormía.

Cada paso que di hacia ese cuerpo se sintió como un error irreversible, como si avanzara hacia algo que no debía comprender. No miré atrás. Sabía que hacerlo iba a empeorar todo. Me incliné, y entonces lo vi con una claridad absoluta.

Era yo.

No hubo duda. No hubo confusión. Mi cuerpo estaba ahí, respirando lento, ajeno a todo, mientras el cuchillo temblaba en mi mano. Y en ese instante todo encajó de una forma insoportable.

La Muerte nunca estuvo afuera.

Nunca hubo una visita.

Nunca hubo una llegada.

Siempre estuvo acá.

Siempre fui yo.

No venía a buscarme. Me estaba formando.

Extendí la mano. Dudé apenas un segundo, pero ya no había alternativa. Apoyé la hoja sobre la piel tibia y en ese instante final comprendí lo más perturbador de todo: no estaba terminando nada.

Estaba cumpliendo algo.

El primer corte fue limpio.

El segundo… definitivo.

Y mientras la sangre comenzaba a fluir, no sentí alivio ni paz. Sentí algo mucho peor. Una claridad absoluta, una certeza fría y definitiva de que esto no era el final.

Nunca lo fue.

Solo era el momento en el que finalmente había entendido.

Recopilación
El PELADO Investiga
# EXPEDIENTE 136

Entradas que pueden interesarte