ESCUCHA EL #EXPEDIENTE Nº 87 | 04.04.2025

LOS POBRES SIEMPRE MUEREN PRIMERO (PARTE 2)


Continuando con este tema, a pesar de las diferencias en sus enfoques, tanto Lovecraft como Keller comparten la idea de que el horror surge entre los marginados, y que su erradicación es tarea de los más ilustrados. En el terror clásico, la lucha contra el mal, rara vez es un acto de solidaridad con los desposeídos; más bien, es un esfuerzo por evitar que el horror ascienda en la escala social.

Sin embargo, a partir de los años 60, la narrativa del horror comenzó a cambiar. La aristocracia y las grandes corporaciones pasaron a ocupar un rol central como origen del mal, reflejando un cambio en las preocupaciones sociales. Películas como “El bebé de Rosemary” (1968) de Roman Polanski o “La profecía” (1976) de Richard Donner presentan a las élites como fuerzas malignas que conspiran en la sombra, dejando atrás la noción de que el peligro proviene de abajo.

Desde una perspectiva marxista, el horror puede analizarse como un reflejo de los conflictos de clase. En tiempos de crisis económica y malestar social, las narrativas de terror a menudo representan a los marginados como una amenaza. Esto no es una coincidencia; la literatura y el cine suelen amplificar los temores colectivos de su tiempo. En los relatos de Lovecraft, por ejemplo, el horror no radica solo en la existencia de seres monstruosos, sino en la idea de que el orden social puede colapsar si los marginados adquieren poder.


En la vida real, la pobreza ha sido retratada históricamente como un foco de criminalidad, enfermedades y violencia. A mayor distancia socioeconómica entre el autor y los pobres, más fácil resulta representarlos como un Otro amenazante. En este sentido, la obra de Lovecraft es un reflejo de sus propias ansiedades sobre la movilidad social y el mestizaje.

No obstante, su perspectiva no fue completamente estática. A medida que su obra evolucionó, algunos de sus relatos comenzaron a mostrar una mayor complejidad. Un ejemplo de esto es el personaje de Richard Upton Pickman en “El modelo de Pickman”, quien, a pesar de ser mitad ghoul y mitad humano, se convierte en un aliado confiable de Randolph Carter. Este cambio sugiere que, aunque Lovecraft mantenía prejuicios arraigados, en ocasiones lograba ver más allá de sus propias limitaciones.

David H. Keller, en cambio, nunca mostró la misma evolución. En “La brida”, el Otro no solo es el pobre, sino también la mujer. La historia termina con una metáfora inquietante: el protagonista, un médico, logra domar a una bruja como si fuera un caballo, reafirmando la idea de que la sumisión es la única solución para quienes desafían el orden establecido.

El horror, como género, nos permite explorar los temores de una sociedad de manera indirecta, exponiéndolos a través de la ficción. Si bien no podemos afirmar que el terror tenga un efecto terapéutico en quienes lo crean o lo consumen, sí es innegable que funciona como un reflejo de nuestras ansiedades colectivas. Y, en ese espejo oscuro, las diferencias de clase y el miedo a los marginados han sido temas recurrentes.

¿Es posible que el miedo a lo desconocido sea, en realidad, el miedo a la transformación social? La historia del horror parece sugerir que sí. A medida que las sociedades cambian, también lo hacen sus monstruos.

Recopilación
El PELADO Investiga
# EXPEDIENTE 84

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