
En los márgenes de los grimorios medievales, donde el lenguaje se vuelve deliberadamente ambiguo para ocultar más de lo que revela, aparece una figura que descoloca incluso dentro del orden infernal. Su nombre es Virtus, aunque en textos más antiguos se lo reconoce como Agarés. No es un demonio de furia ni de corrupción evidente. Su anomalía es más profunda: encarna una forma de virtud dentro de un sistema que debería negarla.
Los registros más consistentes provienen de tratados como el “Ars Goetia” y la “Pseudomonarchia daemonum”, donde Agarés es descrito como un gran duque del infierno, señor de decenas de legiones y antiguo miembro de una jerarquía celestial previa a la caída. Su apariencia no es monstruosa, sino inquietantemente humana: un anciano sereno, incluso amable, montado sobre una criatura imposible. Esa calma es, quizás, el primer indicio de que su naturaleza no encaja con la violencia esperada.
Se le atribuyen habilidades que no responden al arquetipo demoníaco clásico. Enseña lenguas, devuelve a los fugitivos, otorga valor a quienes carecen de él. No destruye por impulso, sino que reorganiza, corrige, incluso fortalece. En algunos textos, provoca terremotos, pero no como castigo, sino como manifestación de un orden que se impone desde abajo, como si la tierra misma respondiera a su presencia.
Aquí surge la primera fractura conceptual. Virtus no es simplemente un demonio “benévolo”. Es algo más perturbador: una entidad que conserva rasgos de una estructura moral dentro de un entorno donde esa moral debería haber sido abolida. Su pertenencia a la orden de las Virtudes antes de la caída sugiere que no fue transformado completamente, que algo en él resistió la degradación.
Algunos intérpretes han propuesto que esta figura representa una memoria corrompida de lo que fue. No una redención, sino un residuo. Como si el infierno no pudiera eliminar del todo ciertos principios, y estos reaparecieran deformados, incómodos, fuera de lugar. En ese sentido, Virtus no sería un defensor del bien, sino un recordatorio de que el mal absoluto es inestable.
La llamada “Cofradía infernal de las Virtudes”, mencionada en textos marginales, refuerza esta idea. Se trataría de una agrupación de entidades que rechazan los excesos del propio infierno: la embriaguez, la desmesura, la violencia sin propósito. Demonios que predican moderación, incluso castidad. Esta contradicción no ha sido resuelta por la demonología tradicional, que tiende a ignorar o minimizar estas figuras por su dificultad de clasificación.
Hay testimonios indirectos que sugieren otra lectura. En rituales de invocación, se advierte que Agarés puede otorgar conocimiento con una facilidad peligrosa. Las lenguas que enseña no son solo idiomas humanos, sino formas de comunicación que alteran la percepción. Aprender demasiado rápido, sin proceso, sin error, genera una comprensión que no siempre puede ser integrada. El resultado no es iluminación, sino desorientación.
Desde esta perspectiva, Virtus no otorga virtud, sino una simulación de ella. Valor sin contexto, conocimiento sin límite, disciplina sin comprensión. Y en esa aceleración, en esa eliminación del proceso humano, se produce una ruptura. Lo que parece orden termina siendo una forma más sofisticada de caos.
Algunos relatos describen encuentros donde la presencia de Agarés genera una calma inmediata, casi antinatural. El miedo desaparece, la duda se disuelve, las decisiones se vuelven claras. Pero esa claridad no proviene del entendimiento, sino de una supresión. Como si algo externo estuviera organizando la mente desde dentro.
La conclusión, lejos de ser definitiva, apunta hacia una inquietud mayor. Virtus no es una anomalía dentro del infierno. Es una evidencia de que las categorías humanas —bien, mal, virtud, corrupción— no se sostienen en ciertos niveles de existencia. Que una entidad pueda encarnar la disciplina y el conocimiento dentro de un sistema de condena sugiere que ese sistema no es tan coherente como se cree.
Y tal vez ahí reside el verdadero horror. No en la existencia de demonios, sino en la posibilidad de que algunos de ellos se parezcan demasiado a lo que los humanos consideran correcto. Que la virtud, despojada de su contexto humano, pueda convertirse en otra forma de dominación.
Porque si Virtus enseña, si ordena, si fortalece… la pregunta no es qué ofrece, sino para qué.
Recopilación
El PELADO Investiga
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