LA REALIDAD ES DEMASIADO EXTRAÑA PARA IGNORARLA.

EL FEMINISMO OCULTO DEL GÓTICO (parte 2)


El terror moderno heredó mucho más del romanticismo gótico de lo que la mayoría imagina. Detrás de asesinos enmascarados, criaturas monstruosas y persecuciones brutales continúa existiendo la misma figura nacida siglos atrás: una mujer atrapada dentro de un sistema violento que intenta destruirla.

Solo que ahora el castillo tiene otras formas. Puede ser un suburbio vacío. Una escuela secundaria. Un hospital. Una nave espacial. O una carretera perdida en mitad de la noche.

Durante décadas, el cine de terror fue acusado de explotar y degradar a las mujeres. Y muchas veces esa acusación era correcta. El cuerpo femenino se convirtió en objeto visual, víctima recurrente y mercancía cinematográfica. Sin embargo, algunos críticos comenzaron a notar algo extraño dentro de esa estructura aparentemente misógina: las protagonistas sobrevivientes terminaban ocupando el centro moral y psicológico de la historia. La investigadora Carol Clover llamó a este fenómeno “La Última Chica”.

Es la joven que sobrevive cuando todos los demás caen. La que resiste. La que atraviesa el horror completo y finalmente enfrenta al monstruo. Laurie Strode en Halloween. Sidney Prescott en Scream. Ellen Ripley en Alien. Mujeres perseguidas por figuras masculinas casi invencibles que, aun aterradas, terminan encontrando una fuerza imposible de anticipar al comienzo de la historia. Y el patrón no es casual.

“La Última Chica” es heredera directa de la heroína gótica. Igual que las protagonistas de Ann Radcliffe o Charlotte Brontë, atraviesa un territorio hostil dominado por violencia masculina. Debe sobrevivir dentro de una estructura diseñada para convertirla en víctima. Pero a diferencia de los personajes secundarios, ella aprende algo durante el horror. Se transforma.

Alien representa uno de los ejemplos más claros de esta evolución. Ellen Ripley comienza como una figura relativamente secundaria dentro de la tripulación. Sin embargo, cuando el resto sucumbe frente a la criatura, ella se convierte en la única capaz de enfrentarla racionalmente. El monstruo deja de ser solamente un extraterrestre. Se vuelve una representación física del miedo, la invasión corporal y la violencia depredadora.

Carrie, en cambio, invierte completamente el esquema. Aquí el monstruo nace de la represión. Del fanatismo religioso. Del bullying. De la humillación constante hacia una adolescente incapaz de encajar dentro de las normas sociales. El terror no proviene únicamente de los poderes sobrenaturales de Carrie White, sino de la brutalidad colectiva que termina creándolos.

Lo mismo ocurre en gran parte del horror contemporáneo.

Detrás de fantasmas, demonios y asesinos existe una estructura profundamente emocional vinculada al miedo femenino. El hogar deja de ser seguro. El cuerpo deja de pertenecer completamente a quien lo habita. La mirada masculina se convierte en vigilancia constante.

Incluso el slasher, considerado durante años el género más superficial y explotador, conserva elementos heredados directamente del gótico clásico. El asesino persigue, controla y castiga. La protagonista escapa atravesando pasillos, escaleras, habitaciones oscuras y laberintos urbanos que reemplazan simbólicamente a los antiguos castillos.

El monstruo cambia de forma. La persecución permanece. Teóricas como Barbara Creed llevaron este análisis todavía más lejos al estudiar la figura de “lo monstruoso femenino”. Según sus investigaciones, gran parte del horror occidental nace del miedo cultural hacia la autonomía de las mujeres: sexualidad, maternidad, independencia y transformación corporal.

Por eso tantas películas de terror giran alrededor de posesiones, embarazos monstruosos, metamorfosis y cuerpos alterados. El horror no habla solamente del miedo a morir. Habla del miedo al cambio. Y quizá por eso el género continúa generando discusiones incómodas incluso hoy. Porque el terror funciona como una radiografía brutal de las ansiedades sociales más profundas. Expone aquello que otras historias intentan suavizar. El abuso de poder. La violencia estructural. La vulnerabilidad. La supervivencia.

Lo inquietante es que muchas de estas narraciones siguen siendo interpretadas superficialmente, igual que ocurrió con las novelas góticas escritas por mujeres siglos atrás. Detrás de la sangre, los gritos y las persecuciones, el terror continúa contando exactamente la misma historia. La de mujeres obligadas a atravesar mundos diseñados para quebrarlas. La de mujeres descubriendo fuerza allí donde el sistema esperaba sumisión.

Y la de monstruos que, muchas veces, no resultan tan aterradores como aquello que representan. Porque al final, el verdadero horror nunca fue el castillo. Ni el asesino. Ni la criatura. El verdadero horror siempre fue el poder.

Recopilación
El PELADO Investiga
# EXPEDIENTE 138

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