ESCUCHA EL #EXPEDIENTE Nº 127 | 30.01.2026

LAS VERDADERAS BRUJAS NUNCA MURIERON


Antes de que Salem se convirtiera en sinónimo de histeria y hogueras, antes de que la palabra “bruja” se volviera una acusación, hubo mujeres que hablaban con la tierra. Curanderas, parteras, sabias del ciclo lunar, guardianas de secretos que la Iglesia no comprendía. No practicaban el mal, sino el equilibrio. Pero el miedo —ese fuego que todo lo distorsiona— transformó sus manos en garras y su sabiduría en pecado.

En la Europa medieval, el campo era un organismo vivo. Las cosechas dependían del clima, del azar, de lo invisible. Cuando la lluvia no llegaba o las vacas enfermaban, los aldeanos buscaban una causa. Siempre había una mujer que sabía demasiado, una que conocía las hierbas y los símbolos, una que no necesitaba rezar para curar. Esa mujer se convertía en sospechosa. El poder que emanaba de su conocimiento era una amenaza para el orden establecido. Porque el poder, cuando no se entiende, se llama peligro.

Las primeras cazas no comenzaron en América, sino en el corazón de Europa. En Alemania, en Escocia, en Francia, aldeas enteras ardieron entre los siglos XV y XVII. El libro “Malleus Maleficarum”, escrito por dos inquisidores dominicos, se convirtió en el manual del odio. Decía que la bruja era la amante del demonio, que sus poderes provenían de pactos oscuros, que debía ser purificada con fuego. Miles de mujeres fueron juzgadas, torturadas y ejecutadas. Pero entre los gritos y el humo, algo más profundo ocurría: se quemaba la memoria de un saber antiguo.

Antes de la persecución, el término “bruja” no era maldición. Era oficio. Las brujas eran herederas de los cultos agrarios y paganos. Sabían cuándo sembrar según la luna, cómo aliviar un parto, cómo detener la fiebre con infusiones. También conocían los ritos de paso, los rezos que acompañaban al alma cuando abandonaba el cuerpo. Su relación con la naturaleza era directa, sin intermediarios. En ellas, lo femenino y lo sagrado se entrelazaban sin permiso.

Esa conexión con lo invisible despertaba temor. Porque quien no necesita a los sacerdotes ni a los santos se vuelve, para el poder, un enemigo.

El mito de las brujas volando en escobas nació de una verdad mal interpretada. En las aldeas del norte se elaboraban ungüentos con hierbas alucinógenas —mandrágora, belladona, datura— que las curanderas usaban para aliviar dolores o inducir trance. Se aplicaban sobre la piel, a veces con palos de madera, lo que dio origen a la imagen de mujeres “montando” sus escobas para surcar el cielo. Pero lo que en realidad hacían era viajar hacia adentro: alcanzar estados de conciencia donde decían comunicarse con espíritus de la naturaleza.

Los “Sabbats”, esas reuniones nocturnas que la Iglesia católica, describió como orgías demoníacas, eran en realidad rituales de fertilidad, danzas en honor a las estaciones, celebraciones del renacer de la vida. Los campesinos encendían hogueras para invocar la lluvia o despedir el invierno. Pero los ojos del miedo lo transformaron en blasfemia. El cuerpo libre se volvió pecado. El canto, herejía. La comunión con la tierra, traición a Dios.

Las cazas de brujas fueron, en el fondo, un silenciamiento. No solo de mujeres, sino de una cosmovisión entera. Se apagó la voz que decía que el mundo podía ser curado con equilibrio, no con guerra. Que el conocimiento podía nacer del cuerpo, no de los libros. Que el poder podía ser suave y aún así profundo.

Cuando Salem llegó, en 1692, el fuego ya tenía siglos de experiencia. Lo que ocurrió en aquella pequeña colonia puritana fue apenas el eco americano de una maquinaria europea. Miedo, represión, culpa y superstición se mezclaron con una perfección siniestra. Las niñas que gritaban, los jueces que sentenciaban, los vecinos que delataban. Todo respondía al mismo patrón: el terror a lo diferente. En menos de un año, veinte personas murieron y decenas fueron encarceladas. No hubo pruebas. Bastaban sueños, rumores o gestos.

Pero si uno mira más atrás, antes del juicio, antes de la religión y del pánico, puede ver la raíz simbólica del mito. La bruja es la guardiana del umbral entre la vida y la muerte. Representa lo desconocido, lo indomable, lo que no puede ser explicado por la razón dominante. Su poder no viene de un pacto infernal, sino del contacto con lo cíclico: la luna, las mareas, la sangre, la cosecha. En ella se concentran los miedos de los hombres al perder el control sobre la naturaleza y sobre sí mismos.

Por eso la figura de la bruja nunca murió. Cambió de rostro. Hoy aparece en películas, series, libros, pero bajo su piel moderna sigue latiendo el mismo pulso antiguo. Es la encarnación de lo reprimido, la fuerza que resiste al olvido. En el fondo, todos tememos y admiramos a esa figura que vive en los márgenes, la que no necesita permiso para existir.

La verdadera brujería no está en los hechizos ni en los calderos, sino en la memoria. En recordar lo que se quiso borrar: que hubo un tiempo en que lo sagrado pertenecía también a las manos que curaban, no solo a las que bendecían.

El fuego que las consumió no logró apagar la idea que representaban. Y quizá esa sea la razón por la que cada Halloween, bajo el disfraz de la bruja caricaturizada, se esconde algo más antiguo: el eco de las que no se arrodillaron, las que hablaban con las estrellas y aún siguen susurrando desde el bosque.

Recopilación
El PELADO Investiga
# EXPEDIENTE 118

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