ESCUCHA EL #EXPEDIENTE Nº 127 | 30.01.2026

CORDÓN DE VIDA


Me desperté en la penumbra de mi propia habitación, y sin quererlo, caí de nuevo en un sueño tan real que mi corazón se negó a latir con normalidad. Estaba solo, pero no estaba solo: mi cuerpo y yo éramos dos entidades separadas, y la confusión era un puñal que me atravesaba el pecho. Todo comenzó cuando llegué a casa agotado, las sombras de la noche envolviéndome como un manto húmedo. Cerré los ojos por un instante, solo un instante, y entonces me encontré muerta.

Mi cuerpo yacía en un ataúd frío y silencioso. A su alrededor, las personas que conocía lloraban, gimoteaban y se abrazaban entre sí como si la muerte fuera algo que pudiera contenerse o explicarse. Me miré a mí mismo, la que veía, la que sentía, la que respiraba aun sin oxígeno. Todo era absurdo. Un amigo, una figura querida de mi pasado, se acercó y abrazó mi forma sin vida, murmurando palabras que debían consolarme, pero que solo aumentaban mi desconcierto. ¿Por qué hablaba al cuerpo y no a mí, que estaba de pie justo allí, respirando y sintiendo todo?

Lo que realmente me aterraba no eran las lágrimas, sino la sensación de estar atrapado. Había algo que me mantenía unida a ese cuerpo inerte, un cordón invisible que parecía salir de mi corazón. Tiré de él con desesperación, sintiendo cada fibra de mi ser vibrar en un dolor que no puedo describir. Era tortura, puro y crudo, un tormento que mezclaba angustia física con horror psicológico. Quería irme, escapar, disolverme en la nada, pero no podía. Algo más fuerte que mi voluntad me retenía, y cada intento de liberarme solo aumentaba la presión en mi pecho.

Y entonces lo vi. Una figura entre las sombras. Un hombre alto, delgado, que me observaba con ojos que parecían atravesarme, conocerme mejor de lo que yo misma podía comprenderme. No habló, no se movió, solo me miró, y en ese instante algo cambió. El dolor que me quemaba en el corazón comenzó a ceder. El cordón que me mantenía atado se aflojó un poco, y por primera vez sentí un respiro de alivio mezclado con un terror aún más profundo: él no necesitaba nada de mí, y sin embargo lo tenía todo.

Sentí una conexión imposible de explicar, una comprensión muda de que había fuerzas más antiguas que la vida y más firmes que la muerte que determinaban que yo debía permanecer. No podía irme, no todavía. Cada hilo de mi existencia estaba tejido con precisión, desde lo físico hasta lo espiritual, y yo apenas alcanzaba a percibir la magnitud de esa red. Cada pensamiento, cada emoción, cada suspiro estaba atrapado en un patrón que se extendía más allá del tiempo, cruzando pasado, presente y futuro, y yo era solo un nodo en esa inmensa urdimbre.

Mi cuerpo se convirtió en una prisión y un refugio a la vez. Quería gritar, llorar, desaparecer, pero no había sonido que pudiera salir de mí. Solo el latido de mi propio corazón, irracional y furioso, me recordaba que aún estaba viva. A mi alrededor, el mundo seguía con su dolor absurdo: la gente lloraba por mí, discutía, se abrazaba, y yo me sentía vacío y completa al mismo tiempo. Era un teatro grotesco donde la vida y la muerte se confundían en una danza que yo no había elegido.

El hombre delgado permaneció en silencio, y de alguna manera su sola presencia me enseñó lo que debía entender. No había muerte real en ese instante; lo que experimentaba era un umbral, un tránsito entre estados. La vida, la muerte, el alma y la carne eran capas de una misma experiencia, y yo debía regresar. La idea de que mi deseo de liberarme no bastaba me golpeó como un martillo invisible. Comprendí que la verdadera fuerza no estaba en mi voluntad, sino en el entramado que sostenía mi existencia, más fuerte que cualquier cordón, más duradero que cualquier ansia de morir.

Intenté soltarme de nuevo, con más furia y miedo que antes, pero cada tirón solo me recordó que algunas fuerzas son implacables. La muerte que soñé no era más que un espejo: un recordatorio de que el cordón que une la vida y la conciencia es indestructible mientras haya algo que sostener. La sensación de estar atrapada, sin embargo, se mezclaba con una extraña certeza: este limbo no era castigo, era enseñanza. Mi cuerpo y yo éramos dos partes de un mismo misterio, y hasta que la comprensión no se completara, no podría dejarlo atrás.

Desperté o pensé que desperté, con la respiración agitada y los ojos húmedos, y sentí que el eco de ese hombre me seguía. El cordón no se rompía, pero ya no era dolor: era conocimiento. La muerte, la vida, los hilos invisibles que nos atan y liberan, todo forma parte de un patrón que solo puede observarse desde la conciencia. Tal vez soñar es morir un poco, y tal vez morir es soñar completamente. Entre la vigilia y el sueño, entre el cuerpo y el alma, entendí que la vida no se termina, sino que se despliega. Y yo estaba atrapado, vivo y consciente, aprendiendo a caminar en la frontera de ambos mundos, sin poder soltarme ni querer hacerlo del todo.

Recopilación
El PELADO Investiga
# EXPEDIENTE 121

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